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Archive for the ‘Academia’ Category

No me dio para publicar la semana pasada, por exámenes y otros. Capaz que tampoco pueda publicar la que sigue. Es una lata, porque mi idea siempre fue crear la conciencia en el lector de que todos los miércoles (antes domingos, pero ganó la modorra) había post nuevo. Mis disculpas.

Me he dado cuenta que en mis últimos posteos dejé de lado el hablar de fenómenos propios de la academia que harían morir de lata al mismo cangrejo inmoertal. También me he dado cuenta de que estoy dejando de proyectar la imagen del hueón patético que dejan que lo pisoteen todo el día, para luego enterrarse en su teclado y jugar a ser el Tipo Duro en internet. Obviamente hay que arreglar eso.

Hace ya más de 30 años que  Lyotard diagnosticó rigus mortis en los grandes relatos. Historia larga, creer en una sola religión o una sola moral vale callampa. Lo mismo vale para las ciencias. Ahora todo tiene que estar segregado y dividido.Y mientras que algunos académicos se contentan con generar Grandes Teorias(™) en sus campos, los que se atreven a tirarse al público masivo sí que aprovechan para irse al chancho; de ahí fabrican sistemas teóricos capaces de explicar el todo y la nada, en una perfecta armonía monopolizada. Entre las gentes educadas, se denominan fad sciences: ciencias del que todo mundo habla pero que pocos conocen más allá de 2 o 3 axiomas. Lo que la llevaba en los 80’s[1] era el análisis de fractales, en los 90’s era la Teoría del Caos y para el recién acabado 00’ era la Memética y la Teoría de Redes[2].

La idea de estos mastodontes teóricos es encontrar ese punto nodal desde donde toda producción de conocimiento coincide. ¿Para qué sirve esto? Ni idea. No basta con las explicaciones del mundo que un positivismo bien hecho pueden aportar, no señor. Siempre se puede explicar la verdad y la mentira desde los puntos, las líneas o la ecuación correcta, o lo que sea que está de moda.

Y por supuesto, los primeros en caer son los mediocres aspirando a ser la gran nota al pie de la historia universal. Cuánto chanta presumiendo ser un hombre renacentista ha publicado una basura ilegible e irredimible, aprovechando a full sus capacidades como maestro en todo y experto en nada. Pero lo peor es nadie se molesta en echarles la culpa en cara. Por eso fad science es un derrgativo: las personas están demasiado preocupadas adoptando por osmosis cultural lo que la lleva y ser cool, en lugar de leer lo que se propone y juzgarlo como charlatanería o no. Multitud de medios, millones de productores al mes, hacen que absorberlo todo sea imposible, así que hay que recurrir a la versión Wikipedia.

Y si es perdonable en el público mayor, que lo toma por curiosidad, no se puede decir lo mismo de quienes se espera que manejen el conocimiento. Vengo de leer sobre Gradwell y Watts, dos geniecillos del marketing que se declaran multidisciplinarios. Y si bien es criticable su producción, más lo es la actitud de sus seguidores, que no parecen haberse aprendido más allá de algunas palabras claves y un poco de entusiasmo. Uso el ejemplo del marketing, pero es aplicable en cantidad de áreas. Esto, señores, es ser flojo.


[1] ¿O sería en los 90’s? si me equivoco, corríjanme.

[2] No confundir con Teoría de Redes Sociales.

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Un cliché en ficción que ya ha alcanzado trascendencia a tal punto de superar el mero status de cliché es la idea de que toda psicología es freudiana. He oído que este fenómeno también se le conoce como “En algún lugar, un psicólogo está llorando”. Básicamente, que toda la psicología sigue el modelo arcaico y anticientífico de Sigmund Freud. Esto suele servir a la función de no confundir a la audiencia (que es tonta) al nunca salir de las fuentes de referencias populares, porque TODOS han oído hablar de Freud, y la psicología nunca avanzó más allá del subconsciente. Si los científicos se guiaran por esta lógica, los edificios todavía se medirían tirando cosas desde la azotea.

El problema es que hay un poco de verdad en esto: no importa cuan poco científico, cuan poco desarrollado o cuan inerte sea hoy en día, todavía existen muchas personas cuyo credo profesional se sienta en el postulado de que en el mundo hay dos tipos de personas: los que cuando chicos se aguantaban la caquita, y los que la dejaban escapar tipo chorro de cohete. No, en serio, así funciona la tontera del desarrollo psicosexual. Personas que se niegan a ver el proceso evolutivo detrás de cualquier ciencia, tratando de operar con un modelo reconocido por lo muerto y disecado que se encuentra. Sin mencionar que son unos jodidos insufribles. Venga, atrévete a contarles algo de tu vida personal. Y ni siquiera, porque verán abiertas tus parafilias por la forma de agarrar el cucurucho de helado.

Ocasionalmente se me abría el apetito de ser maestro pokemon freudiano. Leí el Freud para principiantes (esos que usan viñetas para explicarlo todo), asistí a unas clases de Introducción al psicoanálisis, me arriesgué con los textos originales. Y por fin me rendí, porque lo aprendido me era tan… no encuentro mejor palabra que estúpido. No hay ningún secreto para leer a Freud: El psicoanálisis freudiano es lo más simple del mundo, causa y efecto. Con razón Kafka y otros lo odiaban tanto. No hace más que una mente analítica y dotes conversacionales para triunfar en este mundo, y son estas características las que atraen a las gentes más idiotas. No pido un manual tan asquerosamente complejo que el tenerlo en mi repisa sea fuente de admiración entre mis conocidos[1], pero… por favor.

Tomen Nosotros y los otros, un libro del crítico búlgaro Tzvetan Todorov. Entre otras cosas, Todorov se pichulea a la mitad de los referentes que usó don Sigmundo. Fue brillante en su época, claro, pero ese es el problema. Freud ni siquiera era psicoanalista porque tal título no existía, él era medico. Con cero referentes, tuvo que crear el psicoanálisis de la nada. Y como se ve con Todorov, la mitad de sus referencias son racialistas al peo, aprovechados del boom científico victoriano para presentar sus teorías nada científicas. Así que, por favor, dejen de culpan a mamita por un momento.


[1] Acá tienen que imaginarme,apuntando con el dedo y un tono de entre ironía y autodepreciación, una copia de El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica en mi repisa.

 

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Voltaire

Bukoswki es lo más genial de lo genial, ¿no? ¿Por qué? Porque… le gusta chupar y pelear… ¡como a mí!

No podría hablar por el resto del mundo, pero en el rincón de tierra que me ha tocado, la idea de autores malditos refiere quienes rechazan valores sociales, encabezan provocaciones peligrosas, son antisociales o despreocupados por las reacciones de otros, y mueren antes de ser reconocidos. Usualmente son celebrados por el sector de la población que está harto de Shakespeare o de Cervantes (odio fundamentado, debido a lo mal que enseñan en las escuelas el porqué adorar a estas figuras en primer lugar).

Y… ¿Por qué me molesta? Porque al elegir autores malditos como lectura de cabecera, se olvidan se las transgresiones que hicieron tantos otros en su tiempo. Las conquistas literarias y filosóficas se resumen a una cuartilla relatando las desventuras de índole sexual, etílica y estupefaciente; el mérito se reduce a cuánto se parece lo que leo a lo que vivo (lo cual es un reclamo en sí mismo: ¿una visión demasiado vanagloriada, quizás?). Pero he aquí el twist: créanlo o no, a las personas inteligentes les gusta chupar, fumar y culear. Es más: si le creemos a ese capítulo particular de Futurama con Kidnappster, toda muestra y exhibición de intelecto surge por la búsqueda universal por verle el ojo a la papa. Pero sólo porque algunos eligen no dedicarse a retratar esto, no significa que lo desprecien.

Y aquí entra el tema por qué REALMENTE me molesta esto: porque termina fomentando la idea de una pared indivisible entre lo sublime y lo vulgar, entre idealismo y pragmatismo, entre Lisa y Bart Simpson. Pensar en autores malditos no hace más que crear una distinción clara, donde los puros van en un rincón y los impuros en otro. Un mundo perfectamente segregado, donde inteligencia es sinónimo de una estaca metida tan profunda en el orto que puedes saborear los pedacitos de choclo no digeridos en tu garganta. Se culpa a la escuela, al Estado y a los dioses en el Olimpo por olvidar al hombre en la calle, pero este tipo de divisiones salen de gente como uno; somos todos parte del proceso.

En un mundo infinitamente complejo y procesal, esto es inaceptable. Hay espacio para todo en el mundo de las ideas, para lo divino y lo cochino. Para empezar, habría que recordar a las audiencias que las grandes obras del canon nunca estuvieron tan lejos de sus propias vidas. Parafraseando a un personaje de Paso a Paso (vaya que ando tevito hoy): “Empecé a leer Hamlet cuando noté que era puro sexo y violencia”. Recuerden lo que les dijo: las estupideces diarias tienen cabida, y con todo respeto, en los topes de puerta de sus abuelitos.

Para terminar, dejo como ejemplo a seguir al pelagatos en la foto principal. Ilustrado y pensador en retrato, cahuinero y con mentalidad de cloaca en papel.

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anteaterbaby

(Revisión de algo que escribí hace un año. Perdonen si falta coherencia de estilos entre párrafos y si la prosa es más púrpura que de costumbre)

La pornografía se ha convertido en un bastión más de la máquina posmoderna, desde donde se escribe con el distanciamiento que producen el cinismo y la ironía. Desde el pelado hueco que ya saben quien es y resulta del gusto de todos para citar y celebrar, hasta la última encarnación del feminismo –que debe tener un nombre tan cuático que ni me atrevo a hipotetizar -. A los vivos y a los fantasmas, a todos les gusta hablar del porno: de cómo es un vehículo más de los aparatos de la falocracia, de cómo es una expresión inconsciente y saludable de nuestra sombra jungiana, de cómo el sujeto es objetivizado para negarle un Ego apropiado, y de blablablines similares.

De la nada, la pornografía se convierte en reveladora de realidad y condiciones en la vida postmoderna. Y eso me molesta porque detrás de la liberación de las costumbres y el asesinato a la moral que promueven, se esconde una pacatería hacia el propio cuerpo: quien estudia y comenta y deconstruye la pornografía, evade el fin por el que las industrias entregaron por primera vez este bien tan preciado: para correrse una pajilla cuando no hay carne disponible. Cuando los estudiosos del porno revelan su conocimiento, lo hacen detrás de un velo analítico, justificando los saberes adquiridos como revisión a la condición humana o lo que sea. Así se evita el verdadero tabú, la correlación porno=paja. Por supuesto que choca con la imagen colectiva que se mantiene del académico: empotrado en una butaca de su mansión bañada en platino, una perrita abrazada a cada pierna, acariciando sus blings con una mano y sosteniendo un Cohiba con la otra; y tatuajes de “POSMO” en los nudillos. Empero, los académicos no tienen que siempre mostrarse como los semidioses dionisiacos que la gente espera que sean.

Esto, por otro lado, lo entiendo como consecuencia del estudio profesionalizado. Así como dudo que un ejecutivo de televisión llegue a su casa a prender el aparato y ver lo primero que encuentre, el estudio de pornografía también debe ser un oficio arduo y desensitivizador. Es más, me trae recuerdos de un excelente blog[1] donde los trabajadores –hombres, jóvenes y heterosexuales –de una tienda de videos pornográficos comprobaban con horror que, después de turnos de 10 horas viendo carátulas obscenas, la cosa ya no les atraía tanto. Pero eso no quita que haya una falta de honestidad, un encubrimiento intelectualoide, cuando leo sobre estudios pornográficos.

Por último, pensaba también ironizar con la tendencia, exclamando que pronto tendríamos expositores de las relaciones menos pensadas, como arquitectura y pornografía; lamentablemente, Google vuelve a superar a la ficción, y después de una búsqueda de 10 segundos me entero de la obra de Beatriz Preciado (busquen también, Google no muerde).


[1] Al parecer se privatizó la tontera. Lástima, era una lectura muy recomendada.

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sigur_ros

Si hay algo que me saca de quicio es esto. Ni la diarrea de comillas se compara con esta abominación posmo. ¿Y qué chucha es esto?

En términos sencillos, usar los paréntesis o barras oblicuas para introducir prefijos, sufijos o cualquier cosa en las palabras con el objetivo de crear neologismos, pero con la gracia agregada de que el paréntesis separa al prefijo y a la palabra en una especie de limbo lingüístico, conservando ambos significados. En el ejemplo usado en el título, se usa la palabra vestir en combinación con su neologismo investir. Es decir, en este ejercicio se está tanto vistiendo como invistiendo la palabra con paréntesis. Esto tiene origen en la escritura postmoderna, donde el juego por tomar en cuenta el subtexto detrás del lenguaje obliga al escritor a tomar postura por una forma dualística de exprimir la palabra en cuestión. Si la respuesta a esto, lector, fue “qué chucha es esta hueá”… felicidades, es usted un ser pensante con dos dedos de frente. Porque si en teoría suena muy bonito decir dos cosas por el precio de una, en la práctica es una patada en l’hocico. Como toda herramienta posmo, cruza la línea entre ingenioso y pedante con la facilidad de una cancha de fútbol improvisada.

Y como tantas otras cosas de las que me gusta quejarme-escribir, se trata más de una carencia de talento para la comunicación que de una táctica válida. En el lenguaje ya se tiene por hecho que una palabra sola tiene múltiples significados: “Te voy a dar hasta que duela”, ¿es una expresión del Eros o del Thanatos? No hay respuesta real, es subjetiva como gran parte de las obras literarias. El escriba postmoderno no capta esto, cree que cada significado está tallado en piedra, y tiene que recurrir a estos jueguitos de letras para hacerse entender; y por supuesto, para hacer entender a otros lo ingenioso que ha sido al captar este problema del lenguaje. Excepto que no hay problema mayor que el de no poder dejar las interpretaciones al azar.

Pero quienes no están acostumbrados a este mundo tan curioso se preguntarán: “¿Y no basta con escribirlo de una forma que quede perfectamente claro, con palabras sencillas y párrafos directos?” A lo que el ensayista deconstruccionista responderá: “claro que no.”, seguido de un: “… ahueonao” mental, y un gesto despectivo mientras se reafirma el bonete.  Porque sería una falta a todo lo que nos han enseñado sobre el intelecto humano: que las cosas sencillas son mundanas y estúpidas, y las construcciones mentales serias requieren de estructuras complejas y enredadas. Porque la idea de que años de aprenderse todos los códigos culturales para ser un intelectual puedan no ser tan vitales es una ofensa para el sabiondo (post)moderno.

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Christian Madrid Matus es un antropólogo que ha dedicado su carrera profesional al estudio del carrete –o  en sus palabras, “carrete” –como espacio de formaciones identitarias. No voy a hablar de él, porque no lo conozco en persona y porque encuentro que es un muy buen autor. Viene al caso por una razón que siempre me convierte en sujeto de burlas a sus artículos: porque tiene la terrible “manía” de ponerle “comillas” a toda “palabra” que sea “importante” para la “comprensión” del “texto”. ¿Ven que es jodío leer así? Peor aún cuando trato de contarle al pobre diablo lo bastante ingenuo como para mostrar interés en lo que hago. Una extraña compulsión me provoca la necesidad de simular las comillas con gestos de las manos, haciendo de mi intento de comunicación un espectáculo bastante ridículo.

Dicho y hecho, esto está mal. Las comillas sirven para citar elementos dentro de contexto, como conceptos que usan otros autores o, en el caso de ser un texto más casual, citar una palabra desconocida o de uso restringido. Las comillas no son para “recalcar” las “palabras” importantes”. Usarlas así te hace quedar como idiota, así que mejor córtala.

El tema latente acá es la necesidad de distanciar nuestro mundo privado de lo público. Las comillas, en su uso más correcto, sirven para distanciarse del mundo de los comunes. Usar comillas para realzar lo fuera de contexto que es la palabra usada funciona como salvaguarda para ser tomado “en serio”. Si, por ejemplo, dentro de mi texto escribo: “A quien no asiste al evento, es tildado como conchesumadre”, sufro el riesgo de que por mi texto me consideren como un payaso. Sí, todo el mundo dice conchesumadre. Sin embargo, un académico serio sabe que es vital distanciarse del objeto de observación. Siempre he notado una tendencia demasiado fuerte en Chile por esto, una necesidad por distanciar el habla oficial del habla cotidiana.

Por supuesto que existe la posibilidad de que, en el caso de la jerga, el autor fantasee con la posibilidad de ser leído o publicado en el extranjero. En ese caso, nunca hay que mencionar la dificultad de hacer esto; lo que precede son felicitaciones a mil. Pero no estaría mal intentar no ser tan rígidos: el lenguaje escrito es algo fascinante, y ningún conchesumadre o “conchesumadre” puede quitarme eso.

P.D.: Y a los hueones que aplicar comillas para “denotar” de un sentido “irónico” a la “palabra”… por favor, mátense. Nadie los quiere, incluyendo sus madres o hermanas (confirmado por ellas después de que les di como caja en el baño de Fantasilandia). No están siendo agudos ni versátiles, sólo se avergüenzan a sí mismos y a la lengua.

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