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Archive for the ‘Arte’ Category

35. Teleseries

Con un poquito de orgullo digo, cuando me preguntan en materia de teleseries, que la última cosa que vi con algún intento de seriedad o continuidad fue Amores de Mercado. Orgullo por el ridículo sentimiento de superioridad que nos invade a los que nos manejamos por la vida con el mínimo contacto posible con la televisión.

Para empezar, los trailers. Odio como año tras año montan artilugios distintivos con trucos locos de cámara y situaciones dispares, para que el producto final sea lo mismo: cámara singular, un escenario, gente hablando encima con música de fondo a menudo robada de producciones harto más entretenidas. Para el tonto que no está acostumbrado a esto, se siente como un engaño. Me ofrecen algo que no es.

Pero más que eso odio a los personajes que me obligan a seguir, a sus relaciones vápidas y sus relaciones insípidas. Cuanto tengo la oportunidad de preguntarle a gente inteligente que me explique de forma racional qué los hace seguir las teleseries (y los realitys, de paso), la respuesta con que me salen más seguido es que quedan obsesionados con saber qué pasa con los dramones de los personajes. Intenté verlo de esa manera, y no me funciona nada. Los personajes no me agradan o desagradan, solo interactúan sin un desarrollo o caracterización, conversaciones fomes de gente que preferiría ignorar si me agregar a Facebook. Para mí, tan sólo consisten en actos consecutivos, sin un contexto que me den las ganas de seguir lo que pasa. Si es para vivir sin contexto, entones prefiero ver Yingo. Contexto: TETAS Y POTOS, sin tener que racionalizarlo mucho.

Pensando ya en explicaciones más cabezones, me inspiré con la presentación del libro ¿Existen individuos en el sur? Danilo Martuccelli dijo inexactamente: “En Latinoamerica la capacidad narrativa está por encima de la introspección”. Dada la tradición oral, importa más el relato de eventos consecutivos. Quizás también supera a la necesidad de coherencia interior que usualmente se demanda en la ficción; esto es, la necesidad de que el mundo ficticio que se nos presenta debe ser creíble para la audiencia, desde la creación de personajes que validemos como humanos hasta la plausibilidad de las situaciones.

Incluso en las historias más fantásticas esto es cierto: en las historias de Asimov las tres leyes de la robótica son inquebrantables, en el universo de Harry Potter todo conjuro A produce el efecto A’[1]. Hasta en la lucha libre los combos, patadas y chupapotos se enmarcan en un relato mayor, un desfile de relaciones y traiciones que sus seguidores reconocen y responden, con tragedias que Shakespeare aprobaría. Las teleseries, en mi opinión, buscan esto sólo en un nivel secundario.

Otros países manejan esta carencia con mejores soluciones: Brasil tiene los valores de producción impresionantes y la historia social; Argentina hace guiones que, quien lo diría, son en efecto buenos; Venezuela y Colombia juegan con sus exageraciones y extravagancias para crear obras maestras del placer culpable. En serio, he sacado más entretención de Mujer, rompe el silencio que de cualquier producción nacional.

Pero parece que los ratings ya no son lo que eran, y las teleseries no son el tema obligado de la conversa mañanera. A lo mejor las nuevas generaciones empiezan a compartir mi aburrimiento con las teleseries. A lo mejor prefieren el sinsentido absoluto de gatos saltando en cajas de cartón y personas cayéndose que ofrece Youtube. O a lo mejor descubrieron que las tragedias suyas y de sus amigos dan mejor material que cualquier idea televisada.


[1] Si me equivoco en esto, corríjanme. Lo que se de Harry Potter, sólo lo se por osmosis cultural.

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Las cosas indies están de moda. No es ninguna revelación decirlo; creo que al expresarlo en palabras debo haber matado un poco de su onda. En estas historias descubrimos la épica de adolescentes raros (y cada vez más adultos jóvenes raros) encontrando su lugar en el mundo, o al menos gente que acepte sus rarezas con una sonrisa de oreja a oreja. Después leemos algo sobre el autor en cuestión y descubrimos que la historia en cuestión es tan poderosa porque viene de la experiencia misma, cuando ese autor era un loser en la escuela, las chicas no se fijaban en él y hasta los del club de astronomía se reunían para reírse de él. Hasta que se convirtió en artista, grupo social donde su rareza es percibida como capital social valioso. Una historia inspiradora, que leo… una y otra vez, al punto que me está hartando y me dio por escribir esto.

Es un cliché inevitable, que agarra su forma natural por una serie de relaciones causales que voy a explicar paso a paso:

1) Todos saben que el arte más sincero consiste en exploraciones adustas sobre la fragilidad humana. “True Art is Angsty” dicen los anglosajones;

2)  El arte imita a la vida, por lo que las tragedias ficticias deben ser reflejo de los conflictos internos del creador;

3) Sin embargo, también es cierto que para ser artista en este mundo competitivo hay que tener un piso por debajo. Por tanto no es raro que el artista provenga de un medio estable, una clase media o media alta acomodada. ¿De donde sacamos Angst de un ambiente tan normal?;

4) La respuesta es sencilla: sacar energías del periodo embarazoso y torpe que es la adolescencia. Es de acceso masivo y fácil para la mayoría ponerse en sus zapatos. Haber sido loser para transformarse en alguien de renombre ciertamente da un aire de dignidad.

Para que no me acusen de cosas que son, diré que, como todo en la vida, esto no es malo de por sí. Puedo decir que sí es objetivamente malo cuando el artista en cuestión recicla ese mismo tema una y otra vez, negándose la moratoria de un desarrollo pleno. Es malo cuando es imposible diferenciar entre las características malas y el preciado Quirk.

Tomemos como ejemplo Judd Apatow, guionista/productor/director y ex loser por excelencia. La producción Apatow de por medio tiene de protagonista a un niño-adulto sin sueños, dinero ni ambiciones, que se ve presionados a madurar por su estadísticamente imposible polola. Despues de tribulaciones y chistes verdes, él crece un poco y ella aprende a aceptar el poder de ser raro. Todos lo aman. Fin. No se ustedes, pero me sabe a un cumplimiento de deseos por parte del autor[1].


[1] De su obra, las que en verdad me gustan son Freaks y Geeks, que tenía la postura tragicómica de una mirada sincera, y Virgen a los 40, donde el protagónico (Steve Carrel) de verdad te vendía la imagen de alguien de quien quisieras ser amigo, y un objeto de interés romántico para ellas.

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Esto se siente medio como continuación del post antepasado. Quizás una vuelta por ahí no estaría mal.

Un marcador importantísimo del desarrollo evolutivo en nuestros tiempos es la inevitable comparación con nuestros pares. Es el periodo que comienza con “cuando sea grande quiero ser una estrella de rock” y acaba con “este hueón tiene mi misma edad y ya sacó un disco platino, mientras yo estoy acá jugando Ms. Pacman en calzoncillos”. La sobreexposición y proliferación de los media nos permite conocer millones de individuos que son mejores haciendo algo de lo que tú y yo seremos. Lo cual, como se imaginarán, hace maravillas para el ego.

La forma favorita de tortura que los medios suelen aplicarnos es con las “nuevas promesas”. Nunca supe del todo como es que estos ejercicios en odio personal son tan exitosos; más allá de que el cabrito tenga talento o no, debe ser doloroso para cualquiera entrar en la epifanía de ser un vejete. Me imagino que hasta los reporteros de vez en cuando se topan con los pequeños astros y les sacan una radiografía de sus mentes brillantes, mientras mentalmente ahorcan tipo Homero Simpson al pequeño bastardo que me robó mis sueños.

En Chile son ridículamente malos para impresionarme con esto. “Este nuevo talento joven publica su primera novela a los 32”. ¡OMGCTMUDP! ¿Realmente piensan que me van a impresionar con eso? Y ya hablé hace un ratito de cómo sólo puedes ser una inspiración para la juventud si reniegas de todo lo que caracteriza el ser joven. La única excepción notable son los poetas, que a los 20 ya sacan sus primeros compilados, como angustiados por la propia fugacidad de sus ideas. Pero están en su propio mundo, no los cuento. La segunda mejor opción son los músicos, que no llegan al nivel de lo que es usual por afuera (para comparar: los Arctic Monkeys sacaron su primer sencillo #1 cuando tenían 19 y 20 años) pero igual cumplen con la idea. Lástima que, con reportajes, felicitaciones y todo, después no les alcance para financiar sus proyectos.

Un consejo para todos los anti-adultos por ahí: los adultos jóvenes son tus amigos. Están confundidos y asustados, y no porque se metan la camisa dentro del pantalón no significa que no quieran rockear (… aunque a veces sí. Los adultos jóvenes son complicados). Y no se asusten con las jóvenes promesas: son bien pocos los casos donde la promesa se canjea.

Pero crecer tiene aspectos buenos, y después de la crisis psicótica viene una lección en humildad: siempre habrá alguien mejor tú. También habrá alguien peor, pero eso no es muy humilde. Y si se te aparece algún pelotudo, artículo en mano, para recordarte lo inútil de tu existencia, siempre puedes usar estos artículos cómo última defensa. ¿Qué, sólo UNA obra maestra a los 18? Pfff.

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Voltaire

Bukoswki es lo más genial de lo genial, ¿no? ¿Por qué? Porque… le gusta chupar y pelear… ¡como a mí!

No podría hablar por el resto del mundo, pero en el rincón de tierra que me ha tocado, la idea de autores malditos refiere quienes rechazan valores sociales, encabezan provocaciones peligrosas, son antisociales o despreocupados por las reacciones de otros, y mueren antes de ser reconocidos. Usualmente son celebrados por el sector de la población que está harto de Shakespeare o de Cervantes (odio fundamentado, debido a lo mal que enseñan en las escuelas el porqué adorar a estas figuras en primer lugar).

Y… ¿Por qué me molesta? Porque al elegir autores malditos como lectura de cabecera, se olvidan se las transgresiones que hicieron tantos otros en su tiempo. Las conquistas literarias y filosóficas se resumen a una cuartilla relatando las desventuras de índole sexual, etílica y estupefaciente; el mérito se reduce a cuánto se parece lo que leo a lo que vivo (lo cual es un reclamo en sí mismo: ¿una visión demasiado vanagloriada, quizás?). Pero he aquí el twist: créanlo o no, a las personas inteligentes les gusta chupar, fumar y culear. Es más: si le creemos a ese capítulo particular de Futurama con Kidnappster, toda muestra y exhibición de intelecto surge por la búsqueda universal por verle el ojo a la papa. Pero sólo porque algunos eligen no dedicarse a retratar esto, no significa que lo desprecien.

Y aquí entra el tema por qué REALMENTE me molesta esto: porque termina fomentando la idea de una pared indivisible entre lo sublime y lo vulgar, entre idealismo y pragmatismo, entre Lisa y Bart Simpson. Pensar en autores malditos no hace más que crear una distinción clara, donde los puros van en un rincón y los impuros en otro. Un mundo perfectamente segregado, donde inteligencia es sinónimo de una estaca metida tan profunda en el orto que puedes saborear los pedacitos de choclo no digeridos en tu garganta. Se culpa a la escuela, al Estado y a los dioses en el Olimpo por olvidar al hombre en la calle, pero este tipo de divisiones salen de gente como uno; somos todos parte del proceso.

En un mundo infinitamente complejo y procesal, esto es inaceptable. Hay espacio para todo en el mundo de las ideas, para lo divino y lo cochino. Para empezar, habría que recordar a las audiencias que las grandes obras del canon nunca estuvieron tan lejos de sus propias vidas. Parafraseando a un personaje de Paso a Paso (vaya que ando tevito hoy): “Empecé a leer Hamlet cuando noté que era puro sexo y violencia”. Recuerden lo que les dijo: las estupideces diarias tienen cabida, y con todo respeto, en los topes de puerta de sus abuelitos.

Para terminar, dejo como ejemplo a seguir al pelagatos en la foto principal. Ilustrado y pensador en retrato, cahuinero y con mentalidad de cloaca en papel.

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¿Otra vez hablando de cine? ¿Qué pasa Nico, se te acaban las ideas? ¿No que eras  el mesías de los elementos insufribles e incomprensibles, el único capaz de dedicarse seriamente a deconstruir las mezquindades imperceptibles para el ojo humano corriente y no-neurótico? Pues cambiando de tema para no tener que responder y lastimar mi autoestima, creo que mi experiencia extensiva en cuanto a imágenes cinéticas –adquirida por el simple precio de centenares de fiestas locas y sexo salvaje… pero no me arrepiento de nada, ¡lo juro! – me da un amplio bagaje intelectual del que hablar. En pocas palabras: muchas películas, muchos problemas.

En algún singular momento en la historia de las hueás con arte, a algunos se les ocurrió que alienar al público mostraba sensibilidad artística. Las escenas contemplativas, los paisajes hermosos, las caras congeladas, las miradas distantes hacia un futuro incierto y una conclusión acelerada: todos elementos que te dicen que la película fue “MUH WENA”. Independientemente de si te cambió la vida o si te produjo algo o si la verías de nuevo. La película es buena porque tenía los factores a contar para calificar si una película era buena o no. Suena increíble que hayas fórmulas para hacer films amados por todo el mundo, pero las hay. Y cuando dejamos que la idea misma de… buenitud supere a lo que dicta el sentido común. Esto es, el sencillo hecho de que me aburrí más que bailar con la suegra viendo este bodrio, pero como es ARTE debo ser yo el pacato que no entendió.

El argumento suele apuntar a que se rescata la ambientación de los grandes clásicos del cine. Lo que es un argumento perfectamente válido cuanto el interlocutor no tiene idea de lo que le están hablando. Es una estrategia brillante, porque desafía al instinto humano, comprensible y natural de pretender saber más de lo que se sabe, y evitar cualquier papelón asociado a la ignorancia. Por ejemplo, dos nombres que suelen tirarse a la parilla: Ingmar Bergman y Jean Luc Goddard. Un cinéfilo sin ánimos de superioridad -¡suerte encontrando uno! –les informaría que estos señores eran en lo absoluto lateros: Bergman era pausado, pero su sentido del tiempo no solía distar del formato seguido por cualquier clásico hollywoodense cincuentón, y los planos contemplativos se relegan a partes muy especificas; en cuanto a Goddard, el sentido de aburrimiento se desvanece en cuánto empieza a apreciarse cuánta hueá loca sucede en sus films.

Un consejo: Que no digan de tu película: “MUH WENA”. Que digan: “Me gustó”, o “me hice caca de la risa”, o “lloré como pendejita”. Es como cuando en el colegio no enseñan que se debe leer el Quijote o el Lazarillo de Tormes para mearse de la risa, y no para poder decir que sí he leído el Quijote o el Lazarillo de Tormes. Cualquier impacto en el público, por malo que sea, es mejor que ese hoyo negro conocido como la banalidad.

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El fin de semana me invitaron a ver La Nana. ¡Qué asco ir al cine en tiempos de crisis! Colas, colas y más colas. Para comprar boletos, para entrar a la sala, para ir al baño, para gastarse las moneditas sobrantes en una bebida con el kioskeko de la esquina porque adentro la bebida es cara y sale toda aguada. Tenía a mano el dato estadístico que la gente asiste más al cine en tiempos de crisis –como método de entretención familiar barato –pero… ¡Hueón! Y después reclaman por el metro, cuando las colas las hacen voluntarias.

No es el tema de hoy. Tampoco lo es la calidad de la película misma (cuyo contenido, debido a la clausula de este blog de ser terrible de mala onda y hablar de cosas no me gustan). El tema de hoy es mi molestia hacia los presupuestos elefantiásicos que hay detrás de las películas, y del resultado de los espectadores vemos después. Sin embargo, no es la molestia que usualmente me incita a salir a la calle y lanzarme a la estación de metro más cercana con un cargamento de C4; proviene más de una molestia propia de admitir que no lo entiendo todo en este mundo, cosa que negaré hasta mi fría y solitaria muerte (o cálida y concurrida, dependiendo de si el escenario del C4 llega a cumplirse).

Sencillamente, no me calza. ¿Tan necesario es el patrocinio de 20 entidades distintas para sacar una sola película con la cámara al hombro, sin trípode, un solo escenario y un par de actores? ¿Exactamente dónde se va esa plata? De nuevo, esto es independiente de la calidad del filme. Pero si, por ejemplo, Chilecompra se perfila como una herramienta que revolucionará las actitudes del gobierno y que se veía necesario desde hace años, entonces no veo por qué no se puede hacer la misma pregunta al respecto de nuestros queridos artistas. Al fin y al cabo, esa es también plata de todos los chilenos.

Pero dependiendo de la respuesta que pudiese tener, tendríamos un cabroneo a full.  Leyendo una cuestión sobre una cuestión, me topé con cierta persona anónima, hablando sobre los resultados del Fondart: “Además de esto, me parece criticable el “premiar” con más de 100 millones de pesos a ex integrantes de la Troppa, para que hagan UNA obra y después nos cobren mínimo $7 mil por una entrada para verlos.”

¡OF COURSE! –Dijo Raul Julia -. Tantos años de socialización nos han metido en la cabeza que los artistas son gente con la cabeza en las nubes, que a veces se olvidan esas pequeñas posibilidades. De veras voy a hacer lo mejor posible para ignorar esta idea. Sólo por ti, Sebastián Silva.

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Quienes hayan tenido el placer de leer mis divagaciones, creerán justificadamente en que tengo un enorme complejo de superioridad. La verdad es otra bien distinta: si me fuera por el camino de la autodepreciación, mi inteligencia emocional ocuparía los tres primeros puestos en este blog. Como botón de muestra, el tema de hoy está directamente vinculado con mi experiencia personal.

Como todo pendejo patético, soñaba con escribir una novela. O, usando la terminología correcta, soñaba con publicar una novela. Es decir, bien poco importaba en realidad si resultaba la máxima representación cheeveriana del Schadenfreude transholístico o cualquier fantasía de aeropuerto barata. Yo, por supuesto, optaba por la primera, pero subconcientemente era el deseo de fama lo que quería. Hasta el día en que, soslayado por la incertidumbre de mis fantasías prístinas, apaleé una epifanía en forma de pregunta: “¿Qué hueón lee novelas?”. No me refiero a la “terrible” analfabetización de nuestras generaciones recientes. Hablo desde el punto de vista de un hueón normal con preocupaciones propias y presupuesto escueto. ¿Son ellos los que van a comprar mi magna opus? No, no tienen porqué y no los culpo.

La novela como formato legítimo para ser leído tiene escaso valor en un mundo multimedia, y yo no lo querría de otra manera. ¿Recuerdan los tiempos en que la adquisición de un libro/disco/videojuego era un ejercicio a ciegas? Podía ser un demarcador identitario, podía ser una bolsa de caca; más allá de las reseñas y las recomendaciones, acababa siendo el más terrible de los juegos de azar. Empero, el sueño de publicar una novela sigue presente en mí y en unos tantos otros. Porque todo sujeto que no ha entrado a la adultez plena (si es que eso existe) cree que, bajo las circunstancias adecuadas, podría convertirse en el último genio creador. ¿Cuántos de nosotros dedican un tiempo considerable del diario vivir para escribir/componer/dibujar?

Dentro del esquema mayor de las cosas, la novela es un tótem en decadencia. Las cifras estadísticas que inventé recién me dirían que por cada nueva novela leída, unas veinte más son escritas. Y a pesar de todo, dale que dale con la novela como la meta cénit de quienes gustan de juntar palabras para describir cosas. Aunque sea un formato tosco, difícil de acceder y que sólo es consumida por una pequeña elite: los que aún les importa un pico el mundo de las novelas. No es coincidencia que los que acaban publicando suelen pertenecer a este grupito.

La comunicación consiste en un emisor y un receptor, y los futuros novelistas del mundo suelen olvidar ese pequeño detalle. Y puede que escribir para un blog no tenga la pompa de sacar un libro que existirá por siempre y para siempre, pero al menos duermo tranquilo sabiendo que mi público al menos existe.

Bueno, no realmente. Pero captan la idea.

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