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Archive for the ‘Chileno’ Category

Sentí que como tenía dos molestias nacionales, podría lanzar una trilogía bicentenaria. Veamos que tal.

¿Podemos cortarla de una vez con la cuestión de ser un país al borde del mundo? Cada vez que hay que explotar la retórica polítiquera, o enorgullecerse de la película made in chilito que se asoma por algún festival internacional, o justificar la ignorancia en actualidad internacional, se acude a la frase “al borde del mundo”, o “el culo del mundo” para los más pícaros y/o autodespectivos. Cada vez que hace falta destacar el espíritu humilde del aporte chileno frente a un globo complejo y diverso, la repetida frase aparece. Una, y otra vez.

Salvo que tiene más bien poco sentido. Por un lado, hablar de distancias geográficas en un mundo globalizado estaba bien cuando los conquistados españoles se rompían la cresta en la cordillera, pero tiene su poco de excusa en el siglo XXI: tenemos Internet, diplomados, la series llegan subtituladas con entre una semana y un mes a atraso, todos aman a Nike, al Starbucks y a la Coca-Cola. Okey, obviamente una parte no menor de la población se ve aislada de estos beneficios, pero por eso me quedé en el marco del discurso mayor. Y es cierto que para traer insumos materiales (tecnologías, ropa de última temporada) sí hay algo que afecta. Pero no tiene tanto que ver con estar en Chile y tiene más que ver con un mercado homogéneo y un consumidor aburrido. Si son autos o Ipads, ahí si que llegan rápidos.

Por el otro, hay montones de otros países que les toco el vale otro en la lotería geográfica: Groenlandia y Dinamarca se las arreglan para aportar al mundo, y Japón es un oasis de cuestiones rara que siempre consigue llamar la atención. Buenos Aires está también más o menos apartado, quizás no a lo chileno, pero igual se manejan con ser una capital de renombre en algo. Y tendrán al Atlántico de su lado, pero el viajecito no es corto.

¿Qué es lo que estaría deteniendo al espíritu chileno? Pues en su mayoría serían los mismos chilenos. Y esas viejas que gustar hablar de lo penca que es Chilito y lo increíble que son otros países, pero nunca se largan sí, como la canción). En el fondo deben saber que no aportarían nada. Y pueden mencionar cuantas veces quieran el tema del culo geográfico, pero al final si un chileno no destaca es porque a los otros chilenos no les interesa apoyar sin una ganancia segura.

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Como estamos cerquita del dieciocho, me toca hacer mi aporte para destruir la moral. Además lo medio prometí la última vez.

Como practicante de las ciencias sociales, me amurra cuando me roban la pega. Cualquier opinólogo designado puede desenvainar un diagnostico (o más terrible aún, una radiografía) sobre la sociedad y sus ciudadanos, sin levantarse de su silla de escritorio. Cualquiera puede, y cualquiera lo hace. Hay toda una historia de preguntar por la identidad al intelectual de la esquina y al artista, en lugar de espiar lo que hacen los investigadores con el coraje de estudiar seriamente lo que hace la sociedad. No podría prometer un trabajo de mejor calidad o una respuesta absoluta, pero al menos ellos no se sacan las respuestas del hoyo.

Por eso es que nunca me compré la idea de chilenidad, o el concepto de que existen propiedades -más faltas que aciertos -que son propios del homo chilensis. Es sabido en un nivel teórico que Chile (y la mayoría de Latinoamérica) tiene serios problemas para sintetizar una mirada identitaria. Culpen a los españoles, a los mestizos, a los aristócratas, lo que sea: el punto es que se sabe más bien poco lo que somos. Por eso, resulta bastante fácil agregar un adjetivo más a la lista de características y hacerlo pasar por ser entero de profundo. Y eso es lo que veo seguido y me hace perder fe en las cualidades de escritores, documentalistas y demases. Porque es un ejercicio con poco valor.

“El chileno solidario”, o “el chileno siempre arribista”, presentados así, son conceptos vacíos, como cuando los gringos hablan de libertad para lanzarse sobre Irak. Son conceptos vacíos que, en el hambre por el conocimiento propio, se aceptan sin segundas vueltas. No existe un análisis profundo, ni datos estadísticos que corroboren la información, ni un contraste observable con la realidad que salga más allá del ejemplo extremo; lo que vimos durante el terremoto NO ES la totalidad del ser chileno. Las respuestas a estas palabras sin fundamento quedan en el asentimiento con la cabeza y el “chucha, si así somos”. Cuando el columnista importante quiere asegurar un punto de su diatriba sin comparar datos existentes, recurre a describir ese carácter chileno que todos conocemos (guiño guiño); cuando los guionistas se ponen demasiado flojos como para crear personas desarrolladas, interesantes, con fallas y virtudes, recurren a pegotear características discordantes –ojalá las más negativas posibles –y lo hacen pasar como shúper shileno.

Y creo que sería ese último ejemplo el que mejor demuestra mi molestia por el tema. Una y otra vez estas radiografías superficiales niegan la más terrible de las posibilidades: que definir a la gente es más que notar de que país vienen. Que, más allá de la chilenidad, cada individuo es una suma y mezcla de experiencias, opiniones y situaciones, y cada situación es complicada y compleja. No quieren oír nada de esto; los adjetivos fáciles y las caricaturas son más fáciles de manejar. Por lo menos, no discriminan contra hacerlo con otras naciones: si le creerá a la tele, diría que todos los chinos viven en chozas de bambú y todos los africanos andan disfrazados de guerreros Zulu. Háganme un favor y escupan a los medios simplistas.

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El suplemento El Sábado del Mercurio es parte de mi rutina del fin de semana. Como tenemos suscripción en la casa, siempre tengo el último número en mi regazo, y siempre acabo leyéndolo con o sin interés. La calidad misma de los reportajes salta de un extremo a otro: por un lado, su cobertura de la vida post-terremoto me pareció excelente. O también los apartados que tratan temas internacionales, que suelen ser ignorados por los noticiarios. Por otro lado, tenemos números como los de ayer, que me descolocan lo suficiente como para describirlo en el blog.

Los reportajes se dividen en “lo que fuimos”, lo que somos”, y “lo que seremos”. Para ser breves, me remitiré a los puntos más bajos; “lo que fuimos” está decente. En “lo que somos” tenemos un reportaje post-terremoto, que mencioné que estaba bueno. Cuando lo sacaron, en la edición especial. Es un buen reportaje, pero un copy-paste ya me da malas vibras.

La segunda parte es… un bestiario chilensis. Guao. Este tipo de radiografías es de lo peor, y cada vez que el Sábado saca una nueva, sé que, en algún lugar, un estudioso de la sociedad sufre un ataque de histeria. Son clasificaciones sin ninguna base ni sentido, que cualquier ocioso puede inventar en cinco minutos basándose en sus conocidos. Después se trata de argumentar que existe gente así, como en un libro de pintar por colores. ¿Es usted Neonerd, Foodie, Huasolais? Probablemente no, pero la tentación del “¡Yo soy así”! es demasiada.

Para la reflexión acerca de “lo que seremos”, se nos presenta un manual de Carreño 2.0…no, perdón, “Manual D Krreño”. Excelente. El autor nos otorga consejos tan vitales como usar el ringtone más fome posible, poner cara de poto en el perfil de facebook o el uso de apócopes, acrónimos y siglas en Twitter. Se nos recomienda discresión en toda situación posible, fidelidad y educación. Esto no suena tan mal: será mejor que saqué esa foto mía en Facebook montando un cocodrilo y alzando una Kross al aire. En verdad no quiero extenderme más en esto.

Pero no todo es chacota en este número. Para “el hombre del tricentenario”, el autor se pone las pilas y realiza una admirable compilación multidisciplinaria, con nombres como Esteban Calvo (sociólogo), Pablo Guerrero (ingeniero civil electricista) o Rodrigo Tisi (arquitecto). Las distintas fuentes se contrastar e hilvanan un relato de las transformaciones que Chile adaptaría al llegar al Tricentenario. Tanto esfuerzo por conseguir una visión fundamentada del futuro paga cuando el autor utiliza, como marco de referencia, un retrato futurista.

¿En serio, El Sábado? ¿Esa es la ruta que vas a elegir? Porque tenía la impresión de que este tipo de visiones dejó de tomarse en serio hace 40 años. Acá prefieren ignorar eso y presentarnos un diagrama del barrio del futuro, abrazando todos los tropos asociados al futurismo más patéticamente optimista, con joyas como pastillas de comida o microchips de rastreo. Y por sí no se notó por el tono, encuentro todo esto más cursi que la cresta.

Viéndolo de otra forma, quien escribió esto tiene que tener unos huevos bien duros como para presentar frases tales como “en vez de televisores habrá hologramas o lentes”, o “labores como la de una nana serán reemplazadas por robots” con una cara completamente seria. Aplaudiría este ejercicio retrofuturista si no fuera tan imbécil y desmotivado.

Tl;dr El Sábado de este sábado es un ejercicio de flojera, intentando canjear información y reflexión por el nebuloso concepto de “chilenidad” (que me guardo para la semana del diesiocho)

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35. Teleseries

Con un poquito de orgullo digo, cuando me preguntan en materia de teleseries, que la última cosa que vi con algún intento de seriedad o continuidad fue Amores de Mercado. Orgullo por el ridículo sentimiento de superioridad que nos invade a los que nos manejamos por la vida con el mínimo contacto posible con la televisión.

Para empezar, los trailers. Odio como año tras año montan artilugios distintivos con trucos locos de cámara y situaciones dispares, para que el producto final sea lo mismo: cámara singular, un escenario, gente hablando encima con música de fondo a menudo robada de producciones harto más entretenidas. Para el tonto que no está acostumbrado a esto, se siente como un engaño. Me ofrecen algo que no es.

Pero más que eso odio a los personajes que me obligan a seguir, a sus relaciones vápidas y sus relaciones insípidas. Cuanto tengo la oportunidad de preguntarle a gente inteligente que me explique de forma racional qué los hace seguir las teleseries (y los realitys, de paso), la respuesta con que me salen más seguido es que quedan obsesionados con saber qué pasa con los dramones de los personajes. Intenté verlo de esa manera, y no me funciona nada. Los personajes no me agradan o desagradan, solo interactúan sin un desarrollo o caracterización, conversaciones fomes de gente que preferiría ignorar si me agregar a Facebook. Para mí, tan sólo consisten en actos consecutivos, sin un contexto que me den las ganas de seguir lo que pasa. Si es para vivir sin contexto, entones prefiero ver Yingo. Contexto: TETAS Y POTOS, sin tener que racionalizarlo mucho.

Pensando ya en explicaciones más cabezones, me inspiré con la presentación del libro ¿Existen individuos en el sur? Danilo Martuccelli dijo inexactamente: “En Latinoamerica la capacidad narrativa está por encima de la introspección”. Dada la tradición oral, importa más el relato de eventos consecutivos. Quizás también supera a la necesidad de coherencia interior que usualmente se demanda en la ficción; esto es, la necesidad de que el mundo ficticio que se nos presenta debe ser creíble para la audiencia, desde la creación de personajes que validemos como humanos hasta la plausibilidad de las situaciones.

Incluso en las historias más fantásticas esto es cierto: en las historias de Asimov las tres leyes de la robótica son inquebrantables, en el universo de Harry Potter todo conjuro A produce el efecto A’[1]. Hasta en la lucha libre los combos, patadas y chupapotos se enmarcan en un relato mayor, un desfile de relaciones y traiciones que sus seguidores reconocen y responden, con tragedias que Shakespeare aprobaría. Las teleseries, en mi opinión, buscan esto sólo en un nivel secundario.

Otros países manejan esta carencia con mejores soluciones: Brasil tiene los valores de producción impresionantes y la historia social; Argentina hace guiones que, quien lo diría, son en efecto buenos; Venezuela y Colombia juegan con sus exageraciones y extravagancias para crear obras maestras del placer culpable. En serio, he sacado más entretención de Mujer, rompe el silencio que de cualquier producción nacional.

Pero parece que los ratings ya no son lo que eran, y las teleseries no son el tema obligado de la conversa mañanera. A lo mejor las nuevas generaciones empiezan a compartir mi aburrimiento con las teleseries. A lo mejor prefieren el sinsentido absoluto de gatos saltando en cajas de cartón y personas cayéndose que ofrece Youtube. O a lo mejor descubrieron que las tragedias suyas y de sus amigos dan mejor material que cualquier idea televisada.


[1] Si me equivoco en esto, corríjanme. Lo que se de Harry Potter, sólo lo se por osmosis cultural.

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A continuación presento algunas ideas que nunca dieron para un artículo completo. Como plus, se me ocurrió ver si podía describir mi molestia en 140 palabras o menos. Digamos que estoy testeando mi mentalidad 2.0 (¿2.1? Gurúes de los new media, corríjanme si me equivoco).

Ke$ha: Es la frontera final sobre cuánto puedo aguantar en la música pop. Pasamos de lo grandioso (Michael Jackson, Madonna) a lo no tan bueno pero que sirve como placer culpable (Spice Girls y Backstreet Boys) a lo insoportable por sí mismo pero que igual cunde en la pista de baile (Spears y Aguilera) hasta que cruzaron el horizonte moral y encontraron una… -me niego a llamarle cantante –que me lastima físicamente. Esa voz que hace en Blah Blah Blah me hace desear ser el Hombre Elástico para poder patearme mis propias bolas y sentir algo un poco menos doloroso que la voz de Ca$ha (soy clever yo). Es como si la música pop como conjunto me estuviera provocando con lo mala que puede llegar a ser.

Centralismo de las películas chilenas: Lo primero que destacan los chilenos de Chile son los paisajes. Raro es entonces que cuando hay que hacer películas en Chile, los escenarios se reducen salvo excepciones a: A) La población olvidada por el Estado; B) El barrio más siútico de Santiago tratando de emular un suburbio medio gringo. ¿Dónde están los desiertos más secos, las junglas subtropicales, la estepa austral? ¿Se ganan Fondarts enteros pero no se pueden costear un pasaje de 15 lucas a Valdivia? Entiendo que hoy en día la inspiración se saca más que nada del cine indie norteamericano, pero no creo que sea escusa para no abandonar el barrio del director.  Y hablando de escenarios A y B, ¿Cómo es que no hay punto medio? O El Volcán o Lo Barnechea. A lo más, Providencia.


Comerciales de Falabella: en el contexto de que estamos en un país clasista que siempre mira hacia arriba, obsesionado con el prototipo ario y la superioridad protestante… hasta esto es como mucho. Cuando los mostraron en Perú, los peruanos se indignaron con lo que para nosotros es ya una costumbre. Si Leni Riefenstahl estuviera viva (y si el ejecutivo promedio tuviera la cultura como pa’ saber quien es Leni Riefenstahl), seguro que le ofrecerían un jugoso contrato. Por otro lado, con los copiones que son los comerciales, quizás ya estamos viendo calcos de Olympia. Guao… hablando de violencia simbólica.

Anunciar molestia nueva por Facebook: Todo el mundo lo hace. Anunciarse es parte vital del mundo 2.0 o 2.1 o guaréver. Es una herramienta reconocida y elemento vital dentro de las teorías del personal branding y otras yerbas. Y según los datos de visitas diarias, funciona. Sin embargo… a mí –la persona que está escribiendo esto, porque detrás de los blog, flogs y tweets hay personas de carne hueso – todavía me da vergüenza. No debería, pero me da. Es triste pero cierto. Otro retazo más dentro de los fragmentos de historia personal que pueblan este blog temático.

¿Soy material para Twitter? Deje su opinión y velitas.

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Esto se siente medio como continuación del post antepasado. Quizás una vuelta por ahí no estaría mal.

Un marcador importantísimo del desarrollo evolutivo en nuestros tiempos es la inevitable comparación con nuestros pares. Es el periodo que comienza con “cuando sea grande quiero ser una estrella de rock” y acaba con “este hueón tiene mi misma edad y ya sacó un disco platino, mientras yo estoy acá jugando Ms. Pacman en calzoncillos”. La sobreexposición y proliferación de los media nos permite conocer millones de individuos que son mejores haciendo algo de lo que tú y yo seremos. Lo cual, como se imaginarán, hace maravillas para el ego.

La forma favorita de tortura que los medios suelen aplicarnos es con las “nuevas promesas”. Nunca supe del todo como es que estos ejercicios en odio personal son tan exitosos; más allá de que el cabrito tenga talento o no, debe ser doloroso para cualquiera entrar en la epifanía de ser un vejete. Me imagino que hasta los reporteros de vez en cuando se topan con los pequeños astros y les sacan una radiografía de sus mentes brillantes, mientras mentalmente ahorcan tipo Homero Simpson al pequeño bastardo que me robó mis sueños.

En Chile son ridículamente malos para impresionarme con esto. “Este nuevo talento joven publica su primera novela a los 32”. ¡OMGCTMUDP! ¿Realmente piensan que me van a impresionar con eso? Y ya hablé hace un ratito de cómo sólo puedes ser una inspiración para la juventud si reniegas de todo lo que caracteriza el ser joven. La única excepción notable son los poetas, que a los 20 ya sacan sus primeros compilados, como angustiados por la propia fugacidad de sus ideas. Pero están en su propio mundo, no los cuento. La segunda mejor opción son los músicos, que no llegan al nivel de lo que es usual por afuera (para comparar: los Arctic Monkeys sacaron su primer sencillo #1 cuando tenían 19 y 20 años) pero igual cumplen con la idea. Lástima que, con reportajes, felicitaciones y todo, después no les alcance para financiar sus proyectos.

Un consejo para todos los anti-adultos por ahí: los adultos jóvenes son tus amigos. Están confundidos y asustados, y no porque se metan la camisa dentro del pantalón no significa que no quieran rockear (… aunque a veces sí. Los adultos jóvenes son complicados). Y no se asusten con las jóvenes promesas: son bien pocos los casos donde la promesa se canjea.

Pero crecer tiene aspectos buenos, y después de la crisis psicótica viene una lección en humildad: siempre habrá alguien mejor tú. También habrá alguien peor, pero eso no es muy humilde. Y si se te aparece algún pelotudo, artículo en mano, para recordarte lo inútil de tu existencia, siempre puedes usar estos artículos cómo última defensa. ¿Qué, sólo UNA obra maestra a los 18? Pfff.

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Hace unos años se decidió que el próximo mundial de fútbol sería en Sudáfrica. Bien, sin problema. Y hace algo así como medio año que Sudáfrica pasó de ser una promesa a una realidad de la que había que estar pendiente. Chile clasificó y quedamos todos muy contentos, y como resultado hacía falta promocionar el mundial más que nunca, porque este podía ser el año de Chile y sacar una tarjeta de crédito ayuda a la nación y esas hueás.

Lo que lleva al problema central de lo que escribo: ¿Qué sabemos de Sudáfrica? Hay que promocionar Sudáfrica: sus bellezas, glorias y majestades. Que los más apasionados vayan para allá y promocionen Chilito lindo. ¿Pero qué es lo que hay para mostrar? Ya, hay sabana. Hay animales. Hay negros con pinturas raras, taparrabos, escudos y lanzas. ¿Nada más? Bueno, hay que arreglarse con lo que hay. Y de allí en adelante salieron los primeros llamados a ver el mundial, con harta sabana, harto animal y harto negro tribal. A menos que se tome la opción de ser autorreferente y hacer discursos de por qué la pasión de multitudes es pasión de multitudes. Y esta tautología es a propósito, juzgando por los comerciales que estos huevones juran que nadie sabe eso.

Algunas cosas que aprendí por Wikipedia: sí, hay hartos negros, pero tampoco es un absoluto. Son el 80% de la población, y también hay blancos, asiáticos y mestizos. Tienen un coeficiente de Gini de 57%, de los más altos en el mundo. Lo de los animales es cierto, ya que el país está clasificado dentro de los megadiversos o que tienen alta biodiversidad. Y la población estimada en el 2009 es de casi 50 millones; 50 millones de personas de las que sólo sabemos que son negros, son pobres y están rodeados de animales. Y hasta los animales juegan a la pelota. Eso es harta ignorancia.

Es chistoso ver uno de esos videos donde entrevistan a gringos en la calle sobre asuntos de interés internacional o cultura general o fallan miserablemente. Obviamente, no es tan chistoso cuando te echan en la cara que tú podrías no ser mucho mejor que ellos. Estamos en el 2010, hay internet y celulares lectores de tarjetas BIP, y la excusa del país alejado ya no es tierna. Es fácil jugar la carta del país humilde y pequeño en el borde del mundo (Japón lo hace todo el tiempo) y celebrar los sueños e ilusiones de la gente pequeña, pero otro asunto es admitir que no sé un carajo de lo que está pasando en Sudafrica y que, para todo propósito, Chile es un país demasiado encerrado en sí mismo.

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