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Archive for the ‘Cosas caras’ Category

22. Viajar

La semana pasada mencioné un viajé que me mandé durante la mitad de febrero para sacarme el asco santiaguino. Permítanme ahora ser un completo hipócrita y explicar por qué viajar vale callampa.

Viajar es un deseo universalmente implantado entre nuestras generaciones: los universitarios mochilean solos o en grupos, los jóvenes profesionales tomar buses o automóviles, etc.  Todos esperan por igual el mes de Febrero (que, desde el punto de vista santiaguino, es un mes muerto de todas maneras). La urgencia por escapar de los vientos rutinarios y embarcar en una nueva visión de mundo es un fenómeno que traspasa barreras culturales y se presenta aquí y en la punta del alelí. Entre las gentes… – por decirlo de una manera- civilizadas, es un hecho social registrado, documentado y observado.

Podría llenar unas páginas expresando mi molestia por el ritual marzístico de compartir que es lo que se hizo durante este tiempo mágico, o llenar un álbum entero de Facebook para que gentes con las que apenas hablo durante el año estén informadas sobre adonde fui. Pero eso no me molesta, en serio (salvo los años en que no tengo nada que decir, donde si que se convierte en molestia). Pero no: lo que me molesta es cómo el viaje se ha convertido en institución mandatoria para la experiencia de los jóvenes y jóvenes; y por supuesto, quienes se benefician de ello.

El viaje es un perfecto sistema donde te inspiras a trabajar por un trimestre, semestre o año entero para gastarlo en una o dos semanas. Solo digo que Mejor negocio imposible. He conocido a más de una persona, plenamente inmensa en la mentalidad del viajero, dispuesta a atragantarse con trabajos horribles e ingratos, todo por la recompensa de poder largarse un ratito. Es el consumo desechable (ese que advierten intelectuales como Bauman o Lipovetski) por excelencia: un placer que se vive en el momento, y del que no queda rastro. Memorias, fotos, experiencias y hasta un souvenir, tal vez; pero la única manera de repetir el experimento es volver a enclaustrarse en la oficina y juntar las lucas desde cero.

No estoy seguro como los visitantes de Europa lo logran, pero para ellos el dinero nunca se presenta como problema. Total, todo es tan barato en el Tercer Mundo… por otra parte, en lo que es mi realidad, viajar – incluso el más sencillo de los mochileos – cuesta. Y por supuesto, siempre hay alguien detrás listo para sacar provecho: ofertas en planes de celular, tarjetas jóvenes de crédito y otras yerbas. Pronto llegará la empresa que dé el paso extra y salga con la última quimera consumista. Por mientras, sólo puedo decir que salir de la rutina está bien, pero cuidado con convertirlo en una tarea sisífica de escapismo y encierro. Termino agregando que, de repente, en las calles grises y cochinas también puede uno detenerse y encontrar algo curioso.

Si soportan una porción generosa de cinismo en sus vidas (además de erotismo), recomiendo la lectura de Plataforma, de Michel Houellebecq. Una mirada nihilista sobre la necesidad occidental por adentrarse en paisajes exóticos.

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Voy a partir con una declaración bastante casual: CONSHETUMADRE… no, no, no y no. Algo está definitivamente mal si nos quieren cobrar 24 lucas (lo básico) por unos locos que apenas llevan un disco encima. Es criminal, es una locura, y está funcionando. JUSTICE, el dúo francés que hizo caerse de poto a la escena electrónica hace dos años. JUSTICE, el tipo de evento musical que convoca el tipo de fans que desprecio con altiva pasión. JUSTICE, la banda que te hará irremediablemente cool entre tus amigos shúper. Y la hueá de la cruz es súper simbólica y la hueá.

¿Cuáles son los límites a la hora de crear un evento único? ¿Hasta cuánto pueden subir los precios, efectivamente matando el interés de cualquiera que no sea un fanático a morir? Es como si las productoras se hubieran puesto al día con la nueva postura de tantos jóvenes melómanos, hartos del monopolio del compact disc, que se rehúsan a comprar el formato material y eligen, personalmente, apoyar a sus bandas favoritas por medio de las platas reunidas en conciertos, merchandising y donaciones; una nueva ideología que las discográficas observan con el desdén contenido que se guarda para cuando los niños dicen alguna estupidez con orgullo, irguiéndose para decir: “¿Sabís qué? Chúpalo”, y proceden a castigar al público fiel con precios asesinos. Irrumpir en el departamento de mi abuelita para sodomizarla sería un ejercicio más sutil.

Tampoco me esperaría menos de la banda, cuyo género describo casualmente como “electrónica de estadio”. Siempre tuve mis sospechas: desde ese nombre conceptual con la crucecita hasta el video polémico en los banlieus. Había algo en ellos que nunca me gustó, esa parada de ser más grandes de lo que se merecen, esa actitud semi-artificial de “esta música será icónica/de culto antes que empecemos a agarrar fans”. El disco está bien para escucharlo en la micro, pero hasta ahí nomás.

El tiempo dirá si la fama que se están creando corresponde como debiera. Total, el tipo de gente que atrea JUSTICE no dura mucho tiempo. Hasta entonces, yo me viro.

P.D.: ¿Qué escucho yo? Bueno, ahora mismo estoy rayando con Jonathan Coulton, que es medio antítesis de esto: íntimo, emocional, ingenioso de letras e irremediablemente geek.

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Una sociedad postindustrial, basada en la compra e intercambio de bienes y mercancías, tiene que ser por necesidad criticada por un sector o individuos inconformes con la situación. Desafortunadamente, la calidad, ingenio o insidia con que compongan estas críticas parece no ser requisito en un contexto al menos del tipo masivo.

Lo que es una forma elegante de decir que la gente que quiere hacerte sentir mal por las cosas que compras hablan puras hueás. Ya conocen la rutina: artista o personaje recurrente, experimentado en las tablas o en las cámaras o en el catre o en lo que sea comienza su diatriba de cómo la gente se fija en el puro MP3, MP4 o MP5 (nombrar el modelo de un futuro incierto nunca falla) y recomendarles que se vayan al campo a cosechar tomatitos (o cannabis entre los más osados). Un mensaje completamente reciclado, que no hace intento alguno por adentrarse en las dificultades actuales o promover otros puntos de vista. Pero cuidadito, porque la rutina no es sólo para viejos chochos: adultos, jóvenes, niños, mujeres… todos pueden decirte lo que tienes que hacer sin haber preguntado. Desde el discurso del tipo pidiendo plata en la micro hasta la nueva SÚPERproducción chilewoodense.

Era lindo cuando la gente salía de dictadura. Era un mundo nuevo y desconocido, había una ilusión de tener plata, de ser parte de un mundo globalizado, y empiezan a aparecer el crédito. Ahí te compro la necesidad de retomar el discurso. Excepto que han pasado treinta años y no avanza para ningún lado.

Diré  esto rápido para minimizar el dolor, como un parche curita: quienes suelen decir eso son justo quienes menos tienen que preocuparse de lo material. Lo que en realidad es bastante lógico si se piensa bien.  ¿Quién está en mejor posición para dar estos consejos, que alguien que no tiene que urgirse cuando no hay plata –porque siempre tiene plata -? Allá los actores, cineastas y literatos pueden discursar desde el Olimpo sobre lo bonito que es oler las rosas. Hacen sus obritas y peliculitas y exposiciones para que el público las vea (por un precio, obviamente) y después para la casa. Eso está mal en montones de niveles que me tomaría largo en describir.

Este tiene un lugar especial entre mis molestias por ser el rey de los lugares comunes. Así que a las viejas o viejos que siguen hinchando, vayan a morder una tula. Adoro mi MP3 y mi pantalla plasma; no ando amargado por la vida por las cuotas ni dejo de pasear con mis amigos y buscar el amor. Y hay formas de luchar contra el consumismo extremo, pero las hay mejores que un chiste repetido con olor a huevo podrido.

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[1]

¿Qué es definible como popular? ¿Son aquellos fragmentos de la cultura que permanecen perennes al cambio generacional, retazos intocables de los que somos en esencia? Ni cagando: lo popular suelen ser lugares, objetos o personas que fueron adoptados por un segmento nicho, y que por imitación son apreciados por una masa culturalmente instruida. Lo popular, a menudo, es un ejercicio de marketing iniciado por un grupo nicho y expandido hacia sus seguidores, un grupo target especializado. Y que mejor ejemplo que el de la Piojera.

Entre las millones de aplicaciones de Facebook, una que me llamó la atención es la “Experiencia del Maxo Shileno”. Cito:

“Es de maricón que hace gárgaras con semen salir con amigos a comer sushi!! El verdadero macho chileno rompe hímenes se va a La Piojera y se come un Costillar con puré picante acompañado de sopaipillas con pebre cuchareado”.

¿Y quien dice esto? ¿Quién fue el Macho Chileno… perdón, Maxo Shileno que bajó de los cielos y designó esta tierra prometida donde los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los niños son niños[2]? Anda a cagar: hace 20 años nadie metía un pie ahí, hasta que llegaron los del Red Set (Álvaro Henriquez es mi principal sospechoso) y le otorgaron la calidad de popular. Desde entonces, el publico mayoritario son universitarios my alejados de lo que nos imaginamos por gentes del sector popular.

He aquí una realidad hermosa y desconocida: la Piojera es una hueá entera cara. El shop, la última vez que vi, salía $1.600. La comida pasa piola, pero nadie va para eso. Argumentarán algunos que la gracia de la Piojera es convivir con la fauna etílica, baluartes de este monumento. Lo cual es una cerda mentira. Salvo los más valientes o los más ebrios (categorías que no son mutuamente exclusivas), el asistente va a interactuar con otros de su mismo tipo: más universitarios y adultos jóvenes engrupidos con la idea de que están absorbiendo memoria histórica; ese concepto tan mercadotécnico como lo es el ambiente.

¿Y saben cual es la mejor parte? Al consumir un pedazo de cultura shilena, le estás robando su espacio a la gente que siempre estuvo allí. Entre más aumenta el segmento universitario, mayor nivel socioeconómico entra en juego; y entocnes por qué no subir los precios a estos pendejos que hacen como que son pobres pero en realidad no les falta. Así, los viejos chichas originarios ya no pueden permitirse el beber allí, porque todo está más caro.

Hagan un favor a su vecino y no hinchen las pelotas con la Piojera. Ir no te hace más chileno ni más macho. Lo único que se gana es entrar a ser parte de un sector de mercado especializado, listo para que le vendan cualquier atracción nueva a la que le encuentren memoria de país.


[1] O sea… ¿Qué clase de picada tiene su propia página web? Aprovecho también para aclarar que la foto la encontré en el Flickr de alguien que no me acuerdo y la encontré muy buena, y si se aparece a tomar el crédito me parece muy bien.

[2] A diferencia de Internet, donde los hombres son hombres, las mujeres son hombres y los niños son tiras de la Brisexme.

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El fin de semana me invitaron a ver La Nana. ¡Qué asco ir al cine en tiempos de crisis! Colas, colas y más colas. Para comprar boletos, para entrar a la sala, para ir al baño, para gastarse las moneditas sobrantes en una bebida con el kioskeko de la esquina porque adentro la bebida es cara y sale toda aguada. Tenía a mano el dato estadístico que la gente asiste más al cine en tiempos de crisis –como método de entretención familiar barato –pero… ¡Hueón! Y después reclaman por el metro, cuando las colas las hacen voluntarias.

No es el tema de hoy. Tampoco lo es la calidad de la película misma (cuyo contenido, debido a la clausula de este blog de ser terrible de mala onda y hablar de cosas no me gustan). El tema de hoy es mi molestia hacia los presupuestos elefantiásicos que hay detrás de las películas, y del resultado de los espectadores vemos después. Sin embargo, no es la molestia que usualmente me incita a salir a la calle y lanzarme a la estación de metro más cercana con un cargamento de C4; proviene más de una molestia propia de admitir que no lo entiendo todo en este mundo, cosa que negaré hasta mi fría y solitaria muerte (o cálida y concurrida, dependiendo de si el escenario del C4 llega a cumplirse).

Sencillamente, no me calza. ¿Tan necesario es el patrocinio de 20 entidades distintas para sacar una sola película con la cámara al hombro, sin trípode, un solo escenario y un par de actores? ¿Exactamente dónde se va esa plata? De nuevo, esto es independiente de la calidad del filme. Pero si, por ejemplo, Chilecompra se perfila como una herramienta que revolucionará las actitudes del gobierno y que se veía necesario desde hace años, entonces no veo por qué no se puede hacer la misma pregunta al respecto de nuestros queridos artistas. Al fin y al cabo, esa es también plata de todos los chilenos.

Pero dependiendo de la respuesta que pudiese tener, tendríamos un cabroneo a full.  Leyendo una cuestión sobre una cuestión, me topé con cierta persona anónima, hablando sobre los resultados del Fondart: “Además de esto, me parece criticable el “premiar” con más de 100 millones de pesos a ex integrantes de la Troppa, para que hagan UNA obra y después nos cobren mínimo $7 mil por una entrada para verlos.”

¡OF COURSE! –Dijo Raul Julia -. Tantos años de socialización nos han metido en la cabeza que los artistas son gente con la cabeza en las nubes, que a veces se olvidan esas pequeñas posibilidades. De veras voy a hacer lo mejor posible para ignorar esta idea. Sólo por ti, Sebastián Silva.

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