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Archive for the ‘Lugares’ Category

¿Una ciudad fome se merece una arquitectura ídem? ¿Y que tal un barrio fome? ¿Se merece un montón de construcciones feas, sólo porque no hay nada en medio de la nada?

 

 

Hace un tiempo que están construyendo estos…. ¿centros comerciales? ¿Galerías? Donde vivo. Eso sería el barrio de La Reina, donde los árboles son hartos, los loros son una plaga, los carretes son sí o sí para quedarse a dormir, y de noche la mitad de las calles están perfectamente oscuras. No estoy seguro si pasa en otros lados. ¿Es una hueá de La Reina?

 

Se reconocen porque todas funcionan igual. Estas… cosas siguen un patrón bastante obvio para rellenar sus espacios vacios, tanto que me estoy preguntando si no son la obra de una sola mente diabólica con un odio irracional por el color verde (o cualquier color en realidad). Primero ponen un minimercado. Luego una farmacia. En tercer lugar, un lugar de sushi (como si hubieran tan pocos de esos ahora). Si amanecen de buen humor, algo para tomarse un cafecito al aire libre. El resto de espacios comerciales están libres para improvisar; lo que en la mayoría de los casos se interpreta como que nadie tiene ganas de invertir en un hueco tan aislado del mundo y los ratones se ganan otro cómodo hogar.

 

Todos comparten ese look tan vanguardista que sólo se reserva para los estacionamientos: hormigón del barato, sin ningún arreglo especial, y que ya parece anticuado aunque lo acaben de terminar. Creo que queda clara mi posición: son feos. Ultra feos. No soy el mayor seguidor de las tendencias arquitectónicas, pero hasta yo puedo notar que el gris manchado no una desición que favorece la estética. A veces tenemos suerte y alguien decide arriesgar su carrera para poner madera entre el hormigón.

 

 

La comparación con un estacionamiento no es gratuita, y les juro que meterse en uno de estos es como ese capítulo de Seinfeld que no encuentran el auto. Para este de aquí se consiguieron una licencia especial para transformar la mitad de la vía de Príncipe de Gales (una calle de tránsito alto) en estacionamientos. Si Tobalaba anda extra-jodida en horas punta, ya sabes a quien echarle un poco de culpa extra; o puedes consolarte pensando que alguien consiguió estacionamiento que no necesitaba.

 

Aparecen por todos lados, como un hongo que no quiere morir. A veces se pasan de ridículos: en Carlos Ossandón pusieron uno casi al frente del otro. Están ahí pegados, y la gente se muere por la incertidumbre de si comprar en un OK Market o un Santa Isabel. Y no tengo idea si existirá una demanda real por estos lugares, pero ver la mitad vacía me da la idea de que no.

 

Creo que lo que más me afecta es que son irreconocibles de un montón de cosas más. Se me hacen iguales al gimnasio de un colegio que conozco, a la casa central de una universidad que conozco. Pero por sobre todo, me recuerda al pabellón de Chile en la Expo Shangai (vean los comentarios, vale la pena). Unos amigos más metidos en el diseño andaban horrorizados porque nos querían representar como país con un galpón industrial. Yo no lo tomé tan en serio. Pero ahora que me invaden los galpones industriales, que parece ser la imagen del futuro (¿para que queremos cromo si hay hormigón?) y que los reconozco donde sea que pongo un pie, me lo estoy pensando dos veces.

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Quería escribir sobre las zonas VIP de los conciertos, en general. Pero leyendo comentarios por allí y por allá, me dí cuenta de que las  posturas son un poco más complejas que el rechazo absoluto, y que hay gente defendiendo y atacando por los dos lados. Y no creo que sea una coincidencia que nadie que tenga la plata para un VIP se queje sobre ellos. Y como a última hora pude ir al Maquinaria con un precio rebajado (en general, para que sepan), elegí la ruta fácil y me puse a escribir sobre el Maquinaria. Algunas ni siquiera son molestias, en el sentido que le he dado forma. Pero bueh… un poco de trampita. Estas son ideas que me quedaron flotando en la cabeza. Así que voy a jugar a reportero por un rato:

 

1) Primero, sobre el VIP mismo (o en una estrategia de semántica “zona Rock”): encontré que para esta ocasión, usaron una estrategia bastante decente. En lugar de enrejar la parte más cerca del escenario, marcaron un espacio rectangular que cubría una porción de la cancha, a lo largo de los dos escenarios (imaginen un diagrama de Venn con rectángulos). Me pareció una idea sensible, siendo que dejaban oportunidad para agarrar primera fila a la manada; el VIP era esencial sólo si buscabas verlo absolutamente todo en primera fila. Siendo que la gente sigue pagando VIP y no hay razón inteligente para disociar a las productoras de cortarla con esta práctica, aparte de “ESTAN MATANDO EL ROCK CTM” (ver punto 3).

2) ¿Había un propósito para poner unos cubos gigantes con “salida” marcados encima, justo en frente del escenario, aparte de ser maricones y retribuir un poco al valor agregado del VIP?

3) De a poco estoy aprendiendo a detestar los fanáticos tanto como a las productoras. Se horrorizan de que los cerdos capitalistas se caguen el en espíritu del rock and roll, para que después empiezen a anunciar las bandas y peguen el grito al cielo porque “NO CACHO A ESTOS WEONES”, y “YO ESTOY PAGANDO PARA VER A PIXIES/INCUBUS/LINKIN PARK, DEMANDO MIS DERECHOS COMO CONSUMIR Y LA WEA”.[1] Uuuuuh pobrecito, que lo obliguen a escuchar música nueva. El punto entero de estos eventos es traer conocidos y desconocidos, para minimizar el riesgo y traer música económicamente arriesgada. Comparativamente, no es caro, sobretodo pensando en los precios actuales: doce horas de música a 35 lucas versus, por ejemplo, las 30 lucas que están cobrando por al cancha en Smashing Pumpkins. Así funcionan Lollapalooza, Glastonbury, Coachella, Roskilde, etc. Hablando de ellos, la gente se queja de que el lineup es pobre, mientras que estos festivales tienen mil hueones, aparte de tradición. ¿No se les ocurrió que las tradiciones parten en algún lado? Se quejan de que no hay nada así en Chile, pero después nadie lo quiere pagar.

4) Escenarios azul y verde: pésima idea. No había separación, y el escenario verde, tipo cancha, tapaba al menor escenario azul. El loco de Aeroplane quedó emputecido porque no se escuchaba nada de su propia música. O situaciones raras como que se termine No One Knows y al lado hay un rapero que se jura Gunther.

5) ¿Es tan importante que todos y cada uno de los asistentes se crea documentalista y trate de grabarlo/fotografiarlo todo? ¿Y es tan importante subirlo a Youtube, sin importar la calidad?

6) Adoro a Linkin Park. Adoro cada letra obsesionada por el amor que papito nunca me dio, adoro las emociones sinceras tan exageradas que dan risa, adoro que no entiendan el concepto de consonancia y tiren una intro de guitarras rudas para seguir con una balada de tres minutos, adoro que el vocalista se pegue esos saltitos como si estuviera jugando Zelda en la Wii, adoro que haya una mesa en el escenario que tiene la única función de que el vocalista se pare encima de ella. Estuve en Linkin, grité los coros que me eran familiares hasta que perdí la voz. Hola, mi nombre es Nicolás, y soy un fan irónico hardcore de Linkin Park.

¡CANTEMOS TODOS JUNTOS!


[1] No me refiero al asunto del cambio de fechas de RATM, eso si que fue jodido.

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(Sí, es navidad. Pero siempre la quise poner y creo que todos deberían oírla y conocer de paso a los Pogues, que además calzarían por ser los reyes de las canciones para curaditos. Y sí, el tema ya está pasadito, pero me daba vueltas hace días y buscaba la mejor forma de abordarlo)

Nunca me han molestado las festividades. No, no soy de los que saltan en una pata, pendiente del último detalle y contando con los dedos cuanto falta para que llegue la hora deseada, pero tampoco soy un Ebenezer Scrooge. Al final son un trámite más que debo sortear.

Navidad y año nuevo siempre me toman por sorpresa, no importa lo ridículo que suene esto. Siempre vengo saliendo de algo, terminando algo, en la etapa crucial de algo. El ánimo para festejar se me pasa por encima. Navidad es ocasión para comprar regalos que serán olvidados al mes y comerme un pavo entero. Año nuevo, por otro lado, es un número más en mi agenda de pendientes.

Nunc se muy bien lo que quiero hacer para año nuevo. Para ser un momento del año que se promociona precisamente por la infinidad de ofertas para salir, recapitular y ponerse como tonto con el trago, yo colapso con tanto elección a mano. La razón es en parte porque no me gusta esa sensación de que estoy forzado a celebrar, que hay que celebrar sí o sí. A mi caso no ayudan los gastos masivos en los que hay que lanzarse para pagar tributo a los sucesos del año; para que todo es demasiado caro, demasiado tramitado. Las calles están bloqueadas, los borrachos andan locos, y la gente se comporta como si fuera el fin del mundo para volver a sus rutinas aburridas partiendo del 2 de enero.

Nunca he sido creyente de la idea que más es mejor. No veo por qué me lo iría a pasar mejor porque hay chorromil fulanos a mi lado. No es el desprecio a lo masivo por sentirme un copito de nieve único e irremplazable; simplemente, no le encuentro la gracia. Llámenme apagado, rancio o lo que sea. Así veo las cosas. Lo que siento en año nuevo es esa desagradable tensión de que debería estar haciendo algo, cualquier cosa, porque es año nuevo. Y no importa lo que haga, siempre habrá algo mejor esperándome a la vuelta de la esquina, una oportunidad que me perdí. Es una sensación neurótica y estresante, pero es MI sensación neurótica y estresante.

Lo más curioso es que, por este año, sentí que no era el único. Quizás no estamos poniendo viejos. Quizás el advenimiento del Tatán nos tiene desvelados. Las ofertas eran pocas, me encontré con más personas en mi misma posición, incluso las calles estaban bastante más silenciosas que de corriente. Sea lo que sea, para parafrasear a un amigo: “Hay 364 días para carretear”.

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[1]

¿Qué es definible como popular? ¿Son aquellos fragmentos de la cultura que permanecen perennes al cambio generacional, retazos intocables de los que somos en esencia? Ni cagando: lo popular suelen ser lugares, objetos o personas que fueron adoptados por un segmento nicho, y que por imitación son apreciados por una masa culturalmente instruida. Lo popular, a menudo, es un ejercicio de marketing iniciado por un grupo nicho y expandido hacia sus seguidores, un grupo target especializado. Y que mejor ejemplo que el de la Piojera.

Entre las millones de aplicaciones de Facebook, una que me llamó la atención es la “Experiencia del Maxo Shileno”. Cito:

“Es de maricón que hace gárgaras con semen salir con amigos a comer sushi!! El verdadero macho chileno rompe hímenes se va a La Piojera y se come un Costillar con puré picante acompañado de sopaipillas con pebre cuchareado”.

¿Y quien dice esto? ¿Quién fue el Macho Chileno… perdón, Maxo Shileno que bajó de los cielos y designó esta tierra prometida donde los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los niños son niños[2]? Anda a cagar: hace 20 años nadie metía un pie ahí, hasta que llegaron los del Red Set (Álvaro Henriquez es mi principal sospechoso) y le otorgaron la calidad de popular. Desde entonces, el publico mayoritario son universitarios my alejados de lo que nos imaginamos por gentes del sector popular.

He aquí una realidad hermosa y desconocida: la Piojera es una hueá entera cara. El shop, la última vez que vi, salía $1.600. La comida pasa piola, pero nadie va para eso. Argumentarán algunos que la gracia de la Piojera es convivir con la fauna etílica, baluartes de este monumento. Lo cual es una cerda mentira. Salvo los más valientes o los más ebrios (categorías que no son mutuamente exclusivas), el asistente va a interactuar con otros de su mismo tipo: más universitarios y adultos jóvenes engrupidos con la idea de que están absorbiendo memoria histórica; ese concepto tan mercadotécnico como lo es el ambiente.

¿Y saben cual es la mejor parte? Al consumir un pedazo de cultura shilena, le estás robando su espacio a la gente que siempre estuvo allí. Entre más aumenta el segmento universitario, mayor nivel socioeconómico entra en juego; y entocnes por qué no subir los precios a estos pendejos que hacen como que son pobres pero en realidad no les falta. Así, los viejos chichas originarios ya no pueden permitirse el beber allí, porque todo está más caro.

Hagan un favor a su vecino y no hinchen las pelotas con la Piojera. Ir no te hace más chileno ni más macho. Lo único que se gana es entrar a ser parte de un sector de mercado especializado, listo para que le vendan cualquier atracción nueva a la que le encuentren memoria de país.


[1] O sea… ¿Qué clase de picada tiene su propia página web? Aprovecho también para aclarar que la foto la encontré en el Flickr de alguien que no me acuerdo y la encontré muy buena, y si se aparece a tomar el crédito me parece muy bien.

[2] A diferencia de Internet, donde los hombres son hombres, las mujeres son hombres y los niños son tiras de la Brisexme.

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TrainPassengers

¿Qué, creían que solo tenía en mente regodearme en mi crapulencia intelectualoide al armar este blog? No, los ámbitos del hombre ordinario también me hinchan las pelotas.

Del metro hay para hablar a ratos, tanto que habría que darle las gracias por unificar a la población en un solo corpus de gestos fruncidos y olor a mazapán. Diría que lo esquivo en horario punta como quien arranca de su crisis de mediana edad. Diría que hace tiempo que dejó de ser divertido jugar al Tetris humano. Diría –y me odiarían por esto –que la falta completa por empatía hacia el otro y la negación por orillarse a la orilla cuando entra pelagato tras pelagato inmóvil en las puertas, obnubilados por el estado de un mundo ingrato y caótico, debe ser la mayor prueba de porqué nunca tuvimos una sociedad civil. Empero, como sapiens bien entrenado, me acostumbro.

Pero cuando hay que cambiar de estación, el odio y la repulsión me vuelven: como un bastardo recordando las bodas de plata que nunca fueron; como el olvido de tantas menucias diarias en un movimiento de palanca; como un palo con una caca en la punta. En esos breves instantes en que por cortesía debo olvidar la conciencia y obedecer a un pelotudo con megáfono, dictando todos y cada uno de mis pasos. Que por favor no cruce la línea amarilla, que no me quede parado en los vagones vacíos; que saltar a las vías consiste en una grave ofensa al funcionamiento del metro, seguido por mi muerte.

Y la gente no ayuda. Manadas y manadas de inconscientes deambulan atontados, lanzándose como animales hacía las escaleras eléctricas –porque, ¡Oh ironía! Sólo un animal se desplazaría por la fuerza de sus propios músculos. Los guardias del orden se aseguran de controlar mis movimientos, pero la masa ciega me recuerda que la alternativa es peor. Volviendo a la analogía anterior: como un palo hecho de caca con una caca distinta en la punta.

Son los cambios de línea los que me hartaron del metro; yo, que tantas flores le dedicaba en mis años mozos. Los constantes zumbidos del altavoz, recordándome que después de pisar con el pie derecho, sigue el izquierdo. Los detesto y los aborrezco, y son como las hueas. No debo ser el único que piensa así.

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