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Archive for the ‘Organizaciones’ Category

Entonces… lo siento por ese mes afuera, pero el trabajo se me subió a la cabeza y las típicas excusas. Si sirve de algo, estuve en entrenamiento zen y hueás para afirmar y amplificar mis habilidades con la prosa. Así que si aprecia, algún cambio, comente (su comentario es mi sueldo). Tal vez no hoy, porque estoy calentando los motores. Pero sí la próxima semana, porque juro que voy a apegarme a mi racha.

¡Oye, tú! Sí, tú, el con cara de idiota[1]. ¿Sabiás que, hoy en día, ser ñoño equivale a ser cool? Es un fenómeno que fue implantándose despacito en la cultura, desde principios del 00’. El ñoño cool es quien configura tus torrents para bajar música a chorros, te presta la Xbox y tiene gustos tan eclécticos que tiene algo de admirable. Entiendo si no es algo reconocible, porque no es algo que vaya a salir en los noticiarios o las teleseries. Pero como lo único que aparece en los medios principales de la nación son formas de andar cagado de miedo por todo y con todo en la vida. Así que me perdonan si no pesco mucho en qué anda lo local. Pero no creo que sea tan ajeno: en más de una conversación me he topado con que el “que eres nerd” apela, por encima de las usuales burlas, unos chispazos de afirmación.

Si lo piensan bien, tiene su lógica. Los ñoños son inteligentes, y quien no quiere ser inteligente. Los ñoños son adorablemente estrafalarios, cosa que apela a la búsqueda desesperada de nuestras generaciones por rasgos que te distingan como individuo único e irremplazable. Los ñoños hacen buena plata, lo que se describe solo. Los ñoños salen de su cascarón chocante para convertirse, a través de años de luchas contra una baja autoestima e incomodidad social, en personas felices, bien integradas y emocionalmente completas. Es un tipo de anticonformismo inocuo que produce admiración en más de algunos.

Entren los pseudo-ñoños. Como cualquiera que vivió estos últimos veinte años sabrá, cualquier expresión anticonformista, por muy pequeña que sea, genera seguidores ávidos de ser ellos un dedo en el medio para el sistema. Y como siempre, dentro de los seguidores hay un grupo grande que preferiría alargar ese dedo desde la comodidad de sus hogares, reemplazando creatividad genuina en pos de una débil identificación autogratificante. Si lo pongo así, suena tentador. ¿Por qué debería importarle esto a alguien? No lo se. Me da curiosidad, igual que tantas otras cosas que escribí. Me hace gracia que lo nerd sea la subcultura dominante del siglo XXI, y si fuese cierto diriía bastante de los tiempos actuales.

Hace poco se me ocurrió pasearme por un blog donde tiraban mierda contra XKCD, una tira cómica en internet que parece ser un atrayente mayor de pseudo-ñoños. Es chistoso ver a los ñoños de verdad discutiendo por los imitadores. Una rabia extraña, pero como alguien comentó: “Ser ñoño es una realización a partir de la falta de tacto social, y nos ganados nuestro mundo privado a la fuerza”. Me convenciste, amiguito.


[1] JAH JAH, te hice mirar.

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Siempre me fijo que onda con los 100 líderes del Mercurio, por lo menos desde que tengo 20 años (acá tengo una copia virtual de referencia). Debe ser porque a esa edad es que se vuelve un tanto menos extraño ser un crack. Existen suficientes personas exitosas a los 20 como parar leer a menudo sobre ellos. Y claro, queda por hacer la comparación con la situación personal, y los típicos pasos asociados: sufrir la epifanía de descubrir que mis talentos nunca llamarán la atención ni rendirán frutos, interiorizar la realización de que me ubico en la frontera de mis límites y que ninguna de mis acciones tendrán un peso de importancia, abrazar la idea de que nada de lo que haga estará a la altura de otros más geniales y mis actos en adelante son sólo una forma de pasar el tiempo hasta que el dulce arrullo de la muerte me libere de esta condena. Nada especial, nada fuera del otro mundo.

Y me tomaba el tema de los líderes con naturalidad, hasta que me topé con ciertos comentarios de otros jóvenes, tipos y tipas que quizás no salgan en la portada de los diarios pero sí que están haciendo grandes cosas. Esto me motivó a poner un ojo crítico con lo de los líderes. Otra cosa que influye es que, ahora que estoy trabajando en el liderazgo (además de mi experiencia en juventudes) como un tema de estudio serio, no puedo evitar no fijarme en ciertos temas que aparecen repetidos de un  joven al otro. Habría dos problemas conceptuales para hablar de líderes.

Uno de los problemas es hablar de “joven”; o más precisamente, donde están en esta lista. Lo primerísimo que noté es cuántos de los seleccionados andaban por el límite impuesto de lo joven, entre 33 y 35. Son caleta. No dejo de imaginarme a los autores del estudio, estirando el chicle de lo aceptable como juventud dentro de lo posible; ¿quién de la lista cumpliría años la semana que venia de la fecha del artículo? Hablando de estirar el chicle, varios de la lista se ubicaban al límite aceptable de la imagen visual que se podría tener de “joven”. Otros tantos ya mascaron ese chicle, lo escupieron y pegaron debajo de la silla. Como ejemplo, mírense los líderes en política: miren esas camisas firmemente ajustadas con el cinturón para evitar accidentales exhibiciones de libertad; miren esos corten de pelo que gritan “me estoy quedando pelado pero da igual”; miren esas guatas de asado familiar. Suena como pelambre, pero es que por ningún lado veo esa juventud que tanto se promociona. He visto estatuas de la dinastía Qing que proyectan mejor lo que es juventud. Los únicos exentos son los líderes en el mundo del arte, porque todos saben que ser artista es justamente pasarse por la raja la mayor cantidad de convenciones sociales posibles.

El segundo problema es  hablar de “líderes”. Este es un tema menos obvio, pero que con un ojo crítico se hacía más notorio. Para empezar, la aceptación de líder que se usa es bien genérica, refiriéndose a personas que son destacadas en su área y que poseen éxito en un grado cuantificable. “Referentes” sería un poco más preciso.  Siempre hay un medidor garantizado de ese éxito: los premios que ganó, las lucas que ingresan a su cuenta bancaria, la cantidad de personas beneficiadas. Son hechos que invariablemente exhiben ser un ganador. Por otro, las contribuciones no suelen ser del tipo que modifican las condiciones existentes, lo que contradice por completo la idea de líder: no se cambian percepciones del mundo sino que triunfan en áreas ya reconocidas. Puro status quo. En algunos casos hay áreas nuevas y poco reconocidas, pero el éxito se mide por encontrar formas reconocidas de reconocimiento. Por ejemplo, el graffitero Bazco Vasko es digno de mención porque estuvo en una feria internacional y hace poleras.

Todo esto me lleva a la conclusión de que, si no son jóvenes ni líderes, mucho menos son líderes para jóvenes. El artículo no tiene la idea de inspirar a jóvenes con talentos para seguir los pasos de estos referentes; más bien, la idea es mostrar al mundo adulto/viejo que “estos pendejos igual sirven para algo”. Debería haber sido obvio pensando en el público objetivo del Mercurio, pero viéndolo así es más potente. Y claro está, mostrar que un líder siempre existe dentro de los ámbitos que por sociedad se reconocen como importantes; el problema que todo deportista que no hace futbol ni tenis conoce bien. La juventud sólo es aplaudida cuando hacen lo que los papás y mamás consideran como adecuado. El tema de la juventud entonces se hace político, quizás no como movimiento organizado pero si como visión disidente.

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Eres un niño. Quinto, sexto básico… no, mejor empezando la media, porque allí es cuando empiezan a notarse las diferencias que impone la sociedad sobre uno y otro, y empiezas a darte cuenta de que tus compañeritos de curso no necesariamente van a terminar haciendo lo mismo que tú, y algunos están destinados para la grandeza mientras que el resto aprende a patear sus primeras piedras.  Estás en un periodo único, donde vas a experimentar los primeros pasos de cosas que vas a hacer por el resto de tu vida, más algunos otros que nunca más tendrás la oportunidad de vivenciar. La juventud no se acabará nunca, el rock and roll suena fuerte en la radio, tienes la semana por delante… excepto esa prueba culiá de la vieja que te tiene mala.

¿Qué no hay por odiar de un examen final? En el colegio –y la universidad para unos cuantos –es la fuente número uno de uñas mordidas y frenesís de chocolate. Pueden abordarse desde varias posiciones: aprenderse hasta los pies de notar, repasar en la última hora, parasitar de los más mateos o no darle importancia y dejar que el promedio final lo arregle todo. Pero el resultado es el mismo: una sensación de alivio por un par de días, seguido por la angustia del tiempo perdido y la conciencia de que se viene otro más en unos días.

Desde que tengo memoria que odio todo tipo de prueba por ser una medida estandarizada e incorrecta para demostrar la inteligencia. Pero más que nada los odio porque son inútiles y no dejan ninguna lección importante[1]: el conocimiento supuestamente ganado queda enterrado en el subconsciente más íntimo e inaccesible; no queda un rastro tangible desde donde se pueda desarrollar y evolucionar las habilidades personales; ¡Ni siquiera son económicamente viables, por Dios Santo! Y todos sabemos muuuuuy bien que si algo no genera platita, entonces no vale la pena. Un examen es cómo pagar cuotas a crédito: no lo haces para construir un futuro a largo plazo. Lo haces para que no te metan en Dicom y te caguen. Es supervivencia cortoplacista pura, un estado del ahora constante que dura década y media. Y después se quejan de la fluidez moderna…

Quizás el mayor demarcador que pueda existir para asegurarse la vida adulta es que ya no hay obstáculos objetivos para comprobar los conocimientos y habilidades poseídas,  y se llega a un punto en la existencia personal en que cualquier problema que surja es pasable con una buena engrupida. La clave para ser un adulto efectivo es fingir el conocimiento por encima de, ehhh… conocerlo; y de eso tenemos montones de historias inspiradoras por parte de gente que fue mediocre en la escuela.

He tratado cantidad de molestias chicas, grandes, feas y tontas en este blog. Los exámenes cabe dentro de una categoría particular: las molestias naturales. Cuestiones como los exámenes son una molestia que se camuflajea en el paisaje natural porque son parte de la vida, como la sensibilización del colon. Un fenómeno tan asquerosamente normal dentro de las experiencias de cada uno que hacerse la pregunta resulta redundante y estúpido y tus amigos no quieren hablarte más. Total ya di el examen y hay que celebrarlo.

Para eso estoy yo. El estúpido que insiste en hacer las preguntas.

(Y aquí van mis condolencias hacia los estudiantes de derecho y la violación anal que tienen por examen de grado).


[1] Bueeeeeeno, comprometiendo… tal vez disciplina y esas mierdas.

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Que habríamos hecho sin las radios. Nuestros baluartes de modernidad chilensis (televisión, telefonía inalámbrica, internet) se cayeron de poto. Cuando Chile entero era tragado por un callback a la Edad Oscura, y al menos un cuarto de Chile decidió que ya no había Leviatán al que hacerle caso y los hombres y mujeres se hacían lobos para otros hombres y mujeres, las radios seguían allí, inmovibles. En el viaje a casa, sabíamos a todo momento el conteo actual de muertos, sabíamos de los rumores y verdades sobre maremotos, sabíamos quien andaba perdido y quien no. Y cuando ya estaba de vuelta, seguía siendo la fuente de contacto primario con el exterior. No era infalible (y aquí le deseo muerte dolorosa al concejal de Parral), pero estaba allí. Harto más de lo que otros podrían contar.

Pero cuando llegó la luz a casita, fue súper loco contrastar con cómo lo presentan en la tele: viejas llorando, ruinas en el piso, todo listo para tocar las emociones del público. La radio, por otro lado, cumplía con el raro deber de informar. En la tele solo tengo un montón de imágenes desencajadas y periodistas hablando. Si pongo MUTE, bien podría tratarse de un incidente en Bolivia o Surinam. Al final todo se siente asquerosamente lejano. Una tragedia más en un lugar sumamente interesante donde nunca pondría un pie. Así debimos ver nosotros a los indonesios y a los haitianos.

Hasta entonces pasaba una hora o dos con los canales de noticias. Ahora me di cuenta de lo malos que son. Escenas de desastre con un audio incongruente de fondo, demasiado vago como para sacar algo de ello. No se como será para el resto, pero a mí solo me desensitiviza, me olvido que eso es real. Y para peor, son las mismas repetidas, cada hora y media (¿o será media hora?). Ahora estamos bien, hay luz y estoy conectado al mundo. Pero a la vez, ese mundo de casas caídas y gente sufriendo dejó de ser parte de mi mundo. Es una cosa rara que le pasó a otros, y no es mi asunto. Que mala es la tele.

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Una de las reglas no escritas que me propuse para este blog es la Ley del Taxista: acá no se habla ni de religión ni de política. No tanto porque tenga miedo a las controversias que podrían salir al paso, sino porque mis posiciones políticas nunca han sido muy fuertes. O mejor dicho, soy de frentón anti-político. Si me preguntan la razón, tendría que contar una larga larga historia de encuentros y desencantamientos con todo lo que tenga que ver; reducido al factor humano, solo veo luchas entre luchas de poder que me dan nauseas. Lamentablemente esa es la tendencia, y si no sigo las tendencias ya nadie va a querer hablar conmigo.

Punto es: ganó un presidente de derecha, y esa es una hueá así como importante, parece. Sobretodo entre mis círculos intelectualoides –que, a mi pesar, son más de lo que debería -, quienes ya están comprando sus pasajes para el exilio (pero no en LAN porque hay cargo extra). Y bueno, que al hablar sobre lo mal que lo vamos a pasar, salen argumentos que me producen malestares bien apestosos.

Algunas cosas que me molestan de las peroratas políticas:

1) “Si votaste por Piñera ya no eres mi amigo” (alt. “es que la gente no sabe”): esta frase/mantra ya es tan popular que tiene un par de grupos de Facebook a su nombre[1]. Porque nadie sensible sería capaz de votar de derecha; elegiste a Piñera o porque te caíste de la cuna de chico o porque eres interesado y buscas pega nueva. Así que el piñerista pasa a ser el amigo tontito dentro del círculo inteligente. En términos de Highschool gringo (medida universal para los menores de 30), es como el nerd al que otros nerds golpean por su dinero del almuerzo.

Pero peor es cuando lo llevamos a nivel nacional; que ese 51,6% es tonto o interesado, y por tanto “no saben lo que hacen”. Acá renace mi imagen del oxímoron de los comunistas con plata que van a la pobla a decirle a los pobres lo que tienen que hacer, haciéndose los locos con la idea de que ya no tienen autoridad por sobre nadie. Claro que la historia demuestra que las mayorías no siempre achuntan, pero a nadie le cae bien que anden jugando al patrón de fundo.

2) “Todo va a ir para peor”: Está bien no tragarse el slogan del cambio, pero tampoco hay que rezar por el status quo. Les pido seriamente considerar si estábamos tan bien como para lamentar lo perdido; si no había pobreza ni enfermedad y la caca de perro olía a naranjitas. Esto es complicado, si ya se está hablando de minimizar el presupuesto del FISCO para obras sociales, así que mejor me callo.

3) “Se viene la corrupción”: porque TODOS SABEMOS que la concertación era limpia y pura, y las personas de izquierda lo único que quieren es cumplir con su rol designado por naturaleza de proteger a la humanidad, y que una persona no derechista que haga las cosas por interés personal es una aberración de Dios. La mezquindad humana no distingue entre facciones.

Lo íronico de todo este blablablín es que odio al Piraña y no voté por él. Pero al otro imbécil lo odiaba también así que terminé entrando en una especie de nirvana ataráxico donde ya no me importaba niuna hueá de nadien. La verdad, creo que este tipo de divisiones están bien para nuestros papás y mamás, cuando significaba estar en contra o en pro del gobierno actual. Pero así, entre amigos y familiares, pelear a muerte por quien tiene el partido es una tristeza. Que se peleen los ávidos de poder y los que están en camino de ganar o perder pega. Así que: si Tatán las caga, vamos a apedrearlo. Pero si resultan cosas buenas de esto, pues mejor.

Y soy un ignorante en estas hueás y ahora van a venir a todos lados a sacarme la chucha y a tildarme de fascista porque no pienso en absolutos. Pero por el lado positivo, pegas no me van a faltar.


[1] Y es bien sabido el aporte a la humanidad sin los grupos de Facebook. Sinceramente no sabría qué hacer si no fuera parte de “¿¡¡¿YO TAMBIEN RESPIRO OXIGENO!!!11!

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(Sí, es navidad. Pero siempre la quise poner y creo que todos deberían oírla y conocer de paso a los Pogues, que además calzarían por ser los reyes de las canciones para curaditos. Y sí, el tema ya está pasadito, pero me daba vueltas hace días y buscaba la mejor forma de abordarlo)

Nunca me han molestado las festividades. No, no soy de los que saltan en una pata, pendiente del último detalle y contando con los dedos cuanto falta para que llegue la hora deseada, pero tampoco soy un Ebenezer Scrooge. Al final son un trámite más que debo sortear.

Navidad y año nuevo siempre me toman por sorpresa, no importa lo ridículo que suene esto. Siempre vengo saliendo de algo, terminando algo, en la etapa crucial de algo. El ánimo para festejar se me pasa por encima. Navidad es ocasión para comprar regalos que serán olvidados al mes y comerme un pavo entero. Año nuevo, por otro lado, es un número más en mi agenda de pendientes.

Nunc se muy bien lo que quiero hacer para año nuevo. Para ser un momento del año que se promociona precisamente por la infinidad de ofertas para salir, recapitular y ponerse como tonto con el trago, yo colapso con tanto elección a mano. La razón es en parte porque no me gusta esa sensación de que estoy forzado a celebrar, que hay que celebrar sí o sí. A mi caso no ayudan los gastos masivos en los que hay que lanzarse para pagar tributo a los sucesos del año; para que todo es demasiado caro, demasiado tramitado. Las calles están bloqueadas, los borrachos andan locos, y la gente se comporta como si fuera el fin del mundo para volver a sus rutinas aburridas partiendo del 2 de enero.

Nunca he sido creyente de la idea que más es mejor. No veo por qué me lo iría a pasar mejor porque hay chorromil fulanos a mi lado. No es el desprecio a lo masivo por sentirme un copito de nieve único e irremplazable; simplemente, no le encuentro la gracia. Llámenme apagado, rancio o lo que sea. Así veo las cosas. Lo que siento en año nuevo es esa desagradable tensión de que debería estar haciendo algo, cualquier cosa, porque es año nuevo. Y no importa lo que haga, siempre habrá algo mejor esperándome a la vuelta de la esquina, una oportunidad que me perdí. Es una sensación neurótica y estresante, pero es MI sensación neurótica y estresante.

Lo más curioso es que, por este año, sentí que no era el único. Quizás no estamos poniendo viejos. Quizás el advenimiento del Tatán nos tiene desvelados. Las ofertas eran pocas, me encontré con más personas en mi misma posición, incluso las calles estaban bastante más silenciosas que de corriente. Sea lo que sea, para parafrasear a un amigo: “Hay 364 días para carretear”.

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Hace un par de añitos (poquitos para que no me crean tan arcaico), andaba dando vueltas por mi universidad con unos amigos. Uno toma un afiche de Un Techo para Chile, le gusta y lo arranca para guardárselo. En esos mismos momentos aparece el que parece el afichero oficial, que ante la vista de mi amigo le manda pedazo de reprimenda: al final derivando en que ellos hacían todo el trabajo importante y nosotros (sociólogos) sólo nos sentamos a rascarnos las hueas. Precioso.

Esto que escribo no es un análisis sobre las soluciones a corto plazo, ni discusiones sobre la efectividad en términos de políticas nacionales. Siendo este mi espacio, lo que escribo tiene como fin exponer mi perenne ocurrencia: que los cabros de Un Techo para Chile son un montón de sacohueas que se asfixian con su propio ego. Y que cualquiera con dos dedos de frente puede explicar porqué no afiliarse a un voluntariado no es equivalente a ser un engendro comeguaguas de Satán.

Pero que no digan que esto es puro mirarle el hocico al caballo regalado, porque conozco –aunque sea de segunda mano -la realidad de lo que sucede en las poblaciones donde los cabros trabajan. Y gracias a cierta informante aprendí que, en la práctica, Un Techo para Chile no es la organización perfecta que nos hacen creer. La verdad, son bastante deficientes: no llegan a las horas citadas, armar las mediaguas a medias, se olvidan de asistir a las reuniones de educación. Y eso que ni siquiera me voy a rebajar para usar el argumento de que apuesto lo que sea a que los miembros del Techo pueden hacer voluntariados porque en casa no falta el pan. Aunque técnicamente ya lo hice, así que todos pueden ver lo mezquino que soy.

Más allá de la efectividad del sistema, más allá del problema de una solución a corto plazo, yo podría vivir tranquilo sin que Un Techo fuera una molestia más en mi lista. Empero, lo que me molesta es la actitud de sus miembros (no todos, por supuesto): los niños del Techo que tienen la cabeza tan metida en el culo, saboreando su sentido de autosatisfacción y superioridad, que las narices les chocan con la manzana de Adán. Si crees en ello, bien por ti, pero más vale que no lo presumas; de ser así, anotaré tu nombre en mi mano y te rastrearé cinco años después, para cuando los tiempos de caridad sean recuerdos locos de juventud y estés sentado en el sillón de cuero italiano, en tu oficina de gerente general. Allí mismo te preguntaré donde quedó la mano que da, viendo los millones que corren por tu cuenta.

Y después haré un chiste obsceno con tu hermana y me saldrá mal, trataré de salir indignado y me golpearé la rodilla con el gomero. Maldito espíritu de la escalera…

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