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Posts Tagged ‘caca’

(Gracias al sociólogo que no duerme por la –comillas –sugerencia –comillas)

Existe una teoría en el mundo de las tendencias que dice: lo que estaba de moda y ya no lo está, puede estarlo de nuevo en exactamente veinte años. Es lo que se entiende como moda retro. La explicación más aceptada para este fenómeno reside en que los que eran adolescentes cuando una moda x explotó, veinte años más tarde son afluencias e influencias importantes para el mercado, a nivel de creación, distribución e imposición. Ellos toman las decisiones; y si ellos quieren que vuelvan, por decir una cosa, los pantalones acampanados, pues todo aquel que se cobije tras la sombra del capital usará pantalones acampanados, y se verá morrocotudo usándolos. Esto aplica también a las artes, con fenómenos distinguibles incluidos: el punk aparece como desafío al tecnicismo preciosista del rock progresivo; veinte años después, el grunge (y su primo mayor, el noise) aparece como desafío al tecnicismo preciosista del pop ochentero.

Toda esta exposición tiene la finalidad de explicar por qué NO me molesta todo lo relacionado a temática ochentera: porque comprendo los procesos detrás de su popularidad. Y a la vez, esperaba con ansias la década del ’10 para que la moda mirara hacia los 90’s, y empezara a reciclar cosas que no me avergüenzan tanto. Y la música es la raja. Pero entonces me encuentro con esto:

Esto es el single de un CD que salió el 2008, de una banda que está haciendo notar recientemente. Esta hueá, para mí, es inaceptable. Si fueran mediados del 2000 me lo tomaría con un grano de sal, sabiendo que estos cabros están explotando el filtro nostálgico de los que en su juventud escuchaban estas cosas y ahora son dueños del mundo. Pero ya estamos en el 2010 (¡el futuro, miércoles!), los ochenteros originales ya estarían acercándose a la cincuentena, y no estoy ni ahí con comprarme esta basura retro en honor a la nostalgia, la ironía o cual sea la excusa que se pone la gente para escuchar estas hueás.

Esta banda es terrible y deberían sentirse mal por lo que están haciendo[1]. Y la gente que pesca, debería sentirse mal también. Harto viejos estamos ya para encontrar interesantes a unos pelagatos que se creen entre Los Prisioneros y Duran Duran. Yo les mando un Pato Yáñez y reclamo mi retro como debería ser: sintiendo desprecio generalizado hacia todo y usando franelas en la disco. Si llego al 2015 y pillo que lo ochentero todavía vende, voy a pillar una rabieta…

Por último, si en el 2015 vamos a seguir mirando hacia los 80’s, que por lo menos sea algo más o menos parecido a esto:


[1] Para que no crean queno investigo: si, cuando eran punk calificaban de pasables (apenas). Y sí, en vivo son menos ofensivos. Pero eso nomah.

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Un cliché en ficción que ya ha alcanzado trascendencia a tal punto de superar el mero status de cliché es la idea de que toda psicología es freudiana. He oído que este fenómeno también se le conoce como “En algún lugar, un psicólogo está llorando”. Básicamente, que toda la psicología sigue el modelo arcaico y anticientífico de Sigmund Freud. Esto suele servir a la función de no confundir a la audiencia (que es tonta) al nunca salir de las fuentes de referencias populares, porque TODOS han oído hablar de Freud, y la psicología nunca avanzó más allá del subconsciente. Si los científicos se guiaran por esta lógica, los edificios todavía se medirían tirando cosas desde la azotea.

El problema es que hay un poco de verdad en esto: no importa cuan poco científico, cuan poco desarrollado o cuan inerte sea hoy en día, todavía existen muchas personas cuyo credo profesional se sienta en el postulado de que en el mundo hay dos tipos de personas: los que cuando chicos se aguantaban la caquita, y los que la dejaban escapar tipo chorro de cohete. No, en serio, así funciona la tontera del desarrollo psicosexual. Personas que se niegan a ver el proceso evolutivo detrás de cualquier ciencia, tratando de operar con un modelo reconocido por lo muerto y disecado que se encuentra. Sin mencionar que son unos jodidos insufribles. Venga, atrévete a contarles algo de tu vida personal. Y ni siquiera, porque verán abiertas tus parafilias por la forma de agarrar el cucurucho de helado.

Ocasionalmente se me abría el apetito de ser maestro pokemon freudiano. Leí el Freud para principiantes (esos que usan viñetas para explicarlo todo), asistí a unas clases de Introducción al psicoanálisis, me arriesgué con los textos originales. Y por fin me rendí, porque lo aprendido me era tan… no encuentro mejor palabra que estúpido. No hay ningún secreto para leer a Freud: El psicoanálisis freudiano es lo más simple del mundo, causa y efecto. Con razón Kafka y otros lo odiaban tanto. No hace más que una mente analítica y dotes conversacionales para triunfar en este mundo, y son estas características las que atraen a las gentes más idiotas. No pido un manual tan asquerosamente complejo que el tenerlo en mi repisa sea fuente de admiración entre mis conocidos[1], pero… por favor.

Tomen Nosotros y los otros, un libro del crítico búlgaro Tzvetan Todorov. Entre otras cosas, Todorov se pichulea a la mitad de los referentes que usó don Sigmundo. Fue brillante en su época, claro, pero ese es el problema. Freud ni siquiera era psicoanalista porque tal título no existía, él era medico. Con cero referentes, tuvo que crear el psicoanálisis de la nada. Y como se ve con Todorov, la mitad de sus referencias son racialistas al peo, aprovechados del boom científico victoriano para presentar sus teorías nada científicas. Así que, por favor, dejen de culpan a mamita por un momento.


[1] Acá tienen que imaginarme,apuntando con el dedo y un tono de entre ironía y autodepreciación, una copia de El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica en mi repisa.

 

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TrainPassengers

¿Qué, creían que solo tenía en mente regodearme en mi crapulencia intelectualoide al armar este blog? No, los ámbitos del hombre ordinario también me hinchan las pelotas.

Del metro hay para hablar a ratos, tanto que habría que darle las gracias por unificar a la población en un solo corpus de gestos fruncidos y olor a mazapán. Diría que lo esquivo en horario punta como quien arranca de su crisis de mediana edad. Diría que hace tiempo que dejó de ser divertido jugar al Tetris humano. Diría –y me odiarían por esto –que la falta completa por empatía hacia el otro y la negación por orillarse a la orilla cuando entra pelagato tras pelagato inmóvil en las puertas, obnubilados por el estado de un mundo ingrato y caótico, debe ser la mayor prueba de porqué nunca tuvimos una sociedad civil. Empero, como sapiens bien entrenado, me acostumbro.

Pero cuando hay que cambiar de estación, el odio y la repulsión me vuelven: como un bastardo recordando las bodas de plata que nunca fueron; como el olvido de tantas menucias diarias en un movimiento de palanca; como un palo con una caca en la punta. En esos breves instantes en que por cortesía debo olvidar la conciencia y obedecer a un pelotudo con megáfono, dictando todos y cada uno de mis pasos. Que por favor no cruce la línea amarilla, que no me quede parado en los vagones vacíos; que saltar a las vías consiste en una grave ofensa al funcionamiento del metro, seguido por mi muerte.

Y la gente no ayuda. Manadas y manadas de inconscientes deambulan atontados, lanzándose como animales hacía las escaleras eléctricas –porque, ¡Oh ironía! Sólo un animal se desplazaría por la fuerza de sus propios músculos. Los guardias del orden se aseguran de controlar mis movimientos, pero la masa ciega me recuerda que la alternativa es peor. Volviendo a la analogía anterior: como un palo hecho de caca con una caca distinta en la punta.

Son los cambios de línea los que me hartaron del metro; yo, que tantas flores le dedicaba en mis años mozos. Los constantes zumbidos del altavoz, recordándome que después de pisar con el pie derecho, sigue el izquierdo. Los detesto y los aborrezco, y son como las hueas. No debo ser el único que piensa así.

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