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Posts Tagged ‘escritura’

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Si hay algo que me saca de quicio es esto. Ni la diarrea de comillas se compara con esta abominación posmo. ¿Y qué chucha es esto?

En términos sencillos, usar los paréntesis o barras oblicuas para introducir prefijos, sufijos o cualquier cosa en las palabras con el objetivo de crear neologismos, pero con la gracia agregada de que el paréntesis separa al prefijo y a la palabra en una especie de limbo lingüístico, conservando ambos significados. En el ejemplo usado en el título, se usa la palabra vestir en combinación con su neologismo investir. Es decir, en este ejercicio se está tanto vistiendo como invistiendo la palabra con paréntesis. Esto tiene origen en la escritura postmoderna, donde el juego por tomar en cuenta el subtexto detrás del lenguaje obliga al escritor a tomar postura por una forma dualística de exprimir la palabra en cuestión. Si la respuesta a esto, lector, fue “qué chucha es esta hueá”… felicidades, es usted un ser pensante con dos dedos de frente. Porque si en teoría suena muy bonito decir dos cosas por el precio de una, en la práctica es una patada en l’hocico. Como toda herramienta posmo, cruza la línea entre ingenioso y pedante con la facilidad de una cancha de fútbol improvisada.

Y como tantas otras cosas de las que me gusta quejarme-escribir, se trata más de una carencia de talento para la comunicación que de una táctica válida. En el lenguaje ya se tiene por hecho que una palabra sola tiene múltiples significados: “Te voy a dar hasta que duela”, ¿es una expresión del Eros o del Thanatos? No hay respuesta real, es subjetiva como gran parte de las obras literarias. El escriba postmoderno no capta esto, cree que cada significado está tallado en piedra, y tiene que recurrir a estos jueguitos de letras para hacerse entender; y por supuesto, para hacer entender a otros lo ingenioso que ha sido al captar este problema del lenguaje. Excepto que no hay problema mayor que el de no poder dejar las interpretaciones al azar.

Pero quienes no están acostumbrados a este mundo tan curioso se preguntarán: “¿Y no basta con escribirlo de una forma que quede perfectamente claro, con palabras sencillas y párrafos directos?” A lo que el ensayista deconstruccionista responderá: “claro que no.”, seguido de un: “… ahueonao” mental, y un gesto despectivo mientras se reafirma el bonete.  Porque sería una falta a todo lo que nos han enseñado sobre el intelecto humano: que las cosas sencillas son mundanas y estúpidas, y las construcciones mentales serias requieren de estructuras complejas y enredadas. Porque la idea de que años de aprenderse todos los códigos culturales para ser un intelectual puedan no ser tan vitales es una ofensa para el sabiondo (post)moderno.

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El tema de hoy me hará perder como mínimo unos tres amigos. Así que aprécienlo. ¿porfis? Por otra parte, tampoco espero que todo el mundo comparta mi obsesión por la actualización como pieza de relojería. Como es usual, no se lo tomen tan en serio.

Una escena del inconsciente colectivo: tarde pareja, sin nada que hacer, el servicio de mensajería instantánea a elección activado. De repente, uno de los contactos relampaguea en un crescendo de ventanitas colorinches, y con un mensaje parpadeante y expectante: WWW.HUEASQUESCRIBI.BLOGSPOT.COM NUEVA ENTRADA! Acto seguido, haces trabajar el seso para reconocer a la persona detrás de tan extraña declaración; y, con vergüenza para admitirlo en voz alta, nos preguntamos: “¿todavía esta viva esa cuestión?”. Lo que sigue es cuestión del destino: en el mejor caso, la invitación es ignorada; o es aceptada y leída, para ser olvidada al día siguiente (sin descartar la opción de que, efectivamente, resultó una lectura entretenida). En el peor de los casos, el autor o autora te invadirá, personal y digitalmente, hasta que puedas afirmar con certeza tu manejo de la lectura.

El tema subyacente es la fantasía compartida de que la actividad creativa es 1% inspiración y 99% transpiración, y que la capacidad para redactar algo interesante depende únicamente de los designios fortuitos de un ángel. Pero existe otra maquinación detrás del blog esporádico: la idea mística, propia de nuestros tiempos, de que todas nuestras actividades diarias no son más que un espejismo. Y que el verdadero yo, el creador sublime y palpitante detrás de un latero trabajo de escritorio, escapará en cualquier momento. Y que tales actos espásticos son los que diferencias a las almas de artista de los viejos de saco enfriando su café del Paula, en una escena digna de Edward Hopper.

De nuevo aclaro: no es el tema la existencia de un blog que actualiza cuando se le da la gana (porque entiendo que otros tengan vidas excitantes y otros significativos y trabajos entusiasmantes). Es la actitud lo que me molesta: esa necesidad compulsiva de hacerse notar de forma rápida y superficial. Esa indiferencia hacia toda forma de crítica formal, constructiva o destructiva,  porque lo que escribo sale de mi alma y esas shits. Esa urgencia para que comentes, a sabiendas que sólo puedes comentar cosas bonitas porque, o si no, eres mala persona. Para terminar con este párrafo, que el blog se use como herramienta para llamar la atención e inflar el ego. Y uno creería que con Fotolog y Facebook bastaba.

He aquí la verdad: nadie, en la historia de todas las cosas, ha sido un creador nato. Puedo aceptar la idea de una musa inspiradora (aunque escupo en su cara). Pero, al final del día, una escritura amena es producto de años de práctica. Y sé que es inconcebible que Hollywood nos esté mintiendo, pero así es. Trabajo y dedicación, al igual que tantas otras cosas más mundanas; al igual que esas cosas que valen la pena.

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Quienes hayan tenido el placer de leer mis divagaciones, creerán justificadamente en que tengo un enorme complejo de superioridad. La verdad es otra bien distinta: si me fuera por el camino de la autodepreciación, mi inteligencia emocional ocuparía los tres primeros puestos en este blog. Como botón de muestra, el tema de hoy está directamente vinculado con mi experiencia personal.

Como todo pendejo patético, soñaba con escribir una novela. O, usando la terminología correcta, soñaba con publicar una novela. Es decir, bien poco importaba en realidad si resultaba la máxima representación cheeveriana del Schadenfreude transholístico o cualquier fantasía de aeropuerto barata. Yo, por supuesto, optaba por la primera, pero subconcientemente era el deseo de fama lo que quería. Hasta el día en que, soslayado por la incertidumbre de mis fantasías prístinas, apaleé una epifanía en forma de pregunta: “¿Qué hueón lee novelas?”. No me refiero a la “terrible” analfabetización de nuestras generaciones recientes. Hablo desde el punto de vista de un hueón normal con preocupaciones propias y presupuesto escueto. ¿Son ellos los que van a comprar mi magna opus? No, no tienen porqué y no los culpo.

La novela como formato legítimo para ser leído tiene escaso valor en un mundo multimedia, y yo no lo querría de otra manera. ¿Recuerdan los tiempos en que la adquisición de un libro/disco/videojuego era un ejercicio a ciegas? Podía ser un demarcador identitario, podía ser una bolsa de caca; más allá de las reseñas y las recomendaciones, acababa siendo el más terrible de los juegos de azar. Empero, el sueño de publicar una novela sigue presente en mí y en unos tantos otros. Porque todo sujeto que no ha entrado a la adultez plena (si es que eso existe) cree que, bajo las circunstancias adecuadas, podría convertirse en el último genio creador. ¿Cuántos de nosotros dedican un tiempo considerable del diario vivir para escribir/componer/dibujar?

Dentro del esquema mayor de las cosas, la novela es un tótem en decadencia. Las cifras estadísticas que inventé recién me dirían que por cada nueva novela leída, unas veinte más son escritas. Y a pesar de todo, dale que dale con la novela como la meta cénit de quienes gustan de juntar palabras para describir cosas. Aunque sea un formato tosco, difícil de acceder y que sólo es consumida por una pequeña elite: los que aún les importa un pico el mundo de las novelas. No es coincidencia que los que acaban publicando suelen pertenecer a este grupito.

La comunicación consiste en un emisor y un receptor, y los futuros novelistas del mundo suelen olvidar ese pequeño detalle. Y puede que escribir para un blog no tenga la pompa de sacar un libro que existirá por siempre y para siempre, pero al menos duermo tranquilo sabiendo que mi público al menos existe.

Bueno, no realmente. Pero captan la idea.

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Christian Madrid Matus es un antropólogo que ha dedicado su carrera profesional al estudio del carrete –o  en sus palabras, “carrete” –como espacio de formaciones identitarias. No voy a hablar de él, porque no lo conozco en persona y porque encuentro que es un muy buen autor. Viene al caso por una razón que siempre me convierte en sujeto de burlas a sus artículos: porque tiene la terrible “manía” de ponerle “comillas” a toda “palabra” que sea “importante” para la “comprensión” del “texto”. ¿Ven que es jodío leer así? Peor aún cuando trato de contarle al pobre diablo lo bastante ingenuo como para mostrar interés en lo que hago. Una extraña compulsión me provoca la necesidad de simular las comillas con gestos de las manos, haciendo de mi intento de comunicación un espectáculo bastante ridículo.

Dicho y hecho, esto está mal. Las comillas sirven para citar elementos dentro de contexto, como conceptos que usan otros autores o, en el caso de ser un texto más casual, citar una palabra desconocida o de uso restringido. Las comillas no son para “recalcar” las “palabras” importantes”. Usarlas así te hace quedar como idiota, así que mejor córtala.

El tema latente acá es la necesidad de distanciar nuestro mundo privado de lo público. Las comillas, en su uso más correcto, sirven para distanciarse del mundo de los comunes. Usar comillas para realzar lo fuera de contexto que es la palabra usada funciona como salvaguarda para ser tomado “en serio”. Si, por ejemplo, dentro de mi texto escribo: “A quien no asiste al evento, es tildado como conchesumadre”, sufro el riesgo de que por mi texto me consideren como un payaso. Sí, todo el mundo dice conchesumadre. Sin embargo, un académico serio sabe que es vital distanciarse del objeto de observación. Siempre he notado una tendencia demasiado fuerte en Chile por esto, una necesidad por distanciar el habla oficial del habla cotidiana.

Por supuesto que existe la posibilidad de que, en el caso de la jerga, el autor fantasee con la posibilidad de ser leído o publicado en el extranjero. En ese caso, nunca hay que mencionar la dificultad de hacer esto; lo que precede son felicitaciones a mil. Pero no estaría mal intentar no ser tan rígidos: el lenguaje escrito es algo fascinante, y ningún conchesumadre o “conchesumadre” puede quitarme eso.

P.D.: Y a los hueones que aplicar comillas para “denotar” de un sentido “irónico” a la “palabra”… por favor, mátense. Nadie los quiere, incluyendo sus madres o hermanas (confirmado por ellas después de que les di como caja en el baño de Fantasilandia). No están siendo agudos ni versátiles, sólo se avergüenzan a sí mismos y a la lengua.

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