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Las cosas indies están de moda. No es ninguna revelación decirlo; creo que al expresarlo en palabras debo haber matado un poco de su onda. En estas historias descubrimos la épica de adolescentes raros (y cada vez más adultos jóvenes raros) encontrando su lugar en el mundo, o al menos gente que acepte sus rarezas con una sonrisa de oreja a oreja. Después leemos algo sobre el autor en cuestión y descubrimos que la historia en cuestión es tan poderosa porque viene de la experiencia misma, cuando ese autor era un loser en la escuela, las chicas no se fijaban en él y hasta los del club de astronomía se reunían para reírse de él. Hasta que se convirtió en artista, grupo social donde su rareza es percibida como capital social valioso. Una historia inspiradora, que leo… una y otra vez, al punto que me está hartando y me dio por escribir esto.

Es un cliché inevitable, que agarra su forma natural por una serie de relaciones causales que voy a explicar paso a paso:

1) Todos saben que el arte más sincero consiste en exploraciones adustas sobre la fragilidad humana. “True Art is Angsty” dicen los anglosajones;

2)  El arte imita a la vida, por lo que las tragedias ficticias deben ser reflejo de los conflictos internos del creador;

3) Sin embargo, también es cierto que para ser artista en este mundo competitivo hay que tener un piso por debajo. Por tanto no es raro que el artista provenga de un medio estable, una clase media o media alta acomodada. ¿De donde sacamos Angst de un ambiente tan normal?;

4) La respuesta es sencilla: sacar energías del periodo embarazoso y torpe que es la adolescencia. Es de acceso masivo y fácil para la mayoría ponerse en sus zapatos. Haber sido loser para transformarse en alguien de renombre ciertamente da un aire de dignidad.

Para que no me acusen de cosas que son, diré que, como todo en la vida, esto no es malo de por sí. Puedo decir que sí es objetivamente malo cuando el artista en cuestión recicla ese mismo tema una y otra vez, negándose la moratoria de un desarrollo pleno. Es malo cuando es imposible diferenciar entre las características malas y el preciado Quirk.

Tomemos como ejemplo Judd Apatow, guionista/productor/director y ex loser por excelencia. La producción Apatow de por medio tiene de protagonista a un niño-adulto sin sueños, dinero ni ambiciones, que se ve presionados a madurar por su estadísticamente imposible polola. Despues de tribulaciones y chistes verdes, él crece un poco y ella aprende a aceptar el poder de ser raro. Todos lo aman. Fin. No se ustedes, pero me sabe a un cumplimiento de deseos por parte del autor[1].


[1] De su obra, las que en verdad me gustan son Freaks y Geeks, que tenía la postura tragicómica de una mirada sincera, y Virgen a los 40, donde el protagónico (Steve Carrel) de verdad te vendía la imagen de alguien de quien quisieras ser amigo, y un objeto de interés romántico para ellas.

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EDIT: Voy a tratar en serio de volver a mi rutina original de 1 post a la semana. ¡ Suerte!

Existen multitud de de maneras de hacer periodismo, y cada manera puede resultar en una obra maestra o en una bolsa de caca. Lamentablemente, el Principio de Pareto es igual de aplicable para la calidad en general de las destrezas humanas. Esto es lo que en contextos menos formales se conoce como Ley de Sturgeon: “el noventa por ciento de todo es basura”.

Pero uno de los peores tipos de periodismo para expresar esta doble faceta es ese que se conoce como “periodismo joven”. En sus mejores momentos es atrevido, innovador, libre de grupos de presión que lo influencien. En sus peores momentos es charlatán, insolente y altamente despectivo hacia todos los que no concuerden con sus ideas.

Dentro de este tipo, siempre he guardado un desprecio total para una forma particular de nota. Como el título de esta molestia dice, consiste en mostrar la última novedad en materia de subcultura. Básicamente, mostrar la tendencia X, decir y mostrar las ridiculeces que hacen sus miembros en nombre de su tendencia. Notas de esta calaña sobran en todos los medios sin importar la afiliación política; desde los rincones del cuerpo A dominguero en el Mercurio hasta las Tendencias de la Nación Domingo. Curiosamente, cada uno es insultante a su manera correspondiente: mientras que, por ejemplo, las del Mercurio son paternalistas, condescendientes y utilizan factores psicológicos para mostrar que el fenómeno en cuestión es sólo una etapa o locura juvenil, los de la Nación son despectivos, atacando a la tendencia del momento por su estupidez, superficialidad y adherencia gregaria al neoliberalismo globalizante.

Ahora, no me importaría tanto si fueran un montón de veteranos tratando de descifrar en que andan estos jóvenes malacatosos. Pero la realidad es que por costumbre los perpetradores son jóvenes como ellos, algunos años demás; y que es una fórmula segura y obvia que ha sido igual desde que tengo memoria. No quieren comprender ni entender, sino tener un fenómeno de circo más para burlarse y alegrarse por lo normales que somos nosotros. Porque el periodismo joven vende una realidad determinada, y comprarla significa adherir al sistema de status quo que los viejos se alegran que sigamos.

Si, por ejemplo, el pendejo en cuestión sale a Metro Salvador disfrazado de Harry Potter es patético; si yo viajo a Talca y abandono todo aspecto de mi vida para ver un partido de mi equipo favorito, estoy dentro de los normales. En síntesis: por cada actividad humana posible dentro del espectro de múltiples opciones, siempre habrá alguien más patético que lo que ejerce uno. Y eso es parte de todos, salvo que yo no lo ando televisando para humillar a gente que no me ha hecho nada. Y no soy un guatón pasao a caca que se las hace de irreverente y pretende estar haciendo algo importante. Y si lo soy, no pueden probarlo.

Pero no tiene que ser siempre así. Hace un mes me topé con un capítulo de Caso Cerrado Chile donde la doctora debe tratar con un variopinto de tribus urbanas. Doña Polo no es periodista, ni joven (con su perdón), ni chilena; y lo que parecía puesta en escena de una ridiculización mas de estos pendejos idiotas termina con una escena francamente emotiva (hay que ver hasta el final), por el puro hecho de que alguien muestra una reacción distinta a la burla. Imagínense.

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