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Posts Tagged ‘inútil’

Siempre me fijo que onda con los 100 líderes del Mercurio, por lo menos desde que tengo 20 años (acá tengo una copia virtual de referencia). Debe ser porque a esa edad es que se vuelve un tanto menos extraño ser un crack. Existen suficientes personas exitosas a los 20 como parar leer a menudo sobre ellos. Y claro, queda por hacer la comparación con la situación personal, y los típicos pasos asociados: sufrir la epifanía de descubrir que mis talentos nunca llamarán la atención ni rendirán frutos, interiorizar la realización de que me ubico en la frontera de mis límites y que ninguna de mis acciones tendrán un peso de importancia, abrazar la idea de que nada de lo que haga estará a la altura de otros más geniales y mis actos en adelante son sólo una forma de pasar el tiempo hasta que el dulce arrullo de la muerte me libere de esta condena. Nada especial, nada fuera del otro mundo.

Y me tomaba el tema de los líderes con naturalidad, hasta que me topé con ciertos comentarios de otros jóvenes, tipos y tipas que quizás no salgan en la portada de los diarios pero sí que están haciendo grandes cosas. Esto me motivó a poner un ojo crítico con lo de los líderes. Otra cosa que influye es que, ahora que estoy trabajando en el liderazgo (además de mi experiencia en juventudes) como un tema de estudio serio, no puedo evitar no fijarme en ciertos temas que aparecen repetidos de un  joven al otro. Habría dos problemas conceptuales para hablar de líderes.

Uno de los problemas es hablar de “joven”; o más precisamente, donde están en esta lista. Lo primerísimo que noté es cuántos de los seleccionados andaban por el límite impuesto de lo joven, entre 33 y 35. Son caleta. No dejo de imaginarme a los autores del estudio, estirando el chicle de lo aceptable como juventud dentro de lo posible; ¿quién de la lista cumpliría años la semana que venia de la fecha del artículo? Hablando de estirar el chicle, varios de la lista se ubicaban al límite aceptable de la imagen visual que se podría tener de “joven”. Otros tantos ya mascaron ese chicle, lo escupieron y pegaron debajo de la silla. Como ejemplo, mírense los líderes en política: miren esas camisas firmemente ajustadas con el cinturón para evitar accidentales exhibiciones de libertad; miren esos corten de pelo que gritan “me estoy quedando pelado pero da igual”; miren esas guatas de asado familiar. Suena como pelambre, pero es que por ningún lado veo esa juventud que tanto se promociona. He visto estatuas de la dinastía Qing que proyectan mejor lo que es juventud. Los únicos exentos son los líderes en el mundo del arte, porque todos saben que ser artista es justamente pasarse por la raja la mayor cantidad de convenciones sociales posibles.

El segundo problema es  hablar de “líderes”. Este es un tema menos obvio, pero que con un ojo crítico se hacía más notorio. Para empezar, la aceptación de líder que se usa es bien genérica, refiriéndose a personas que son destacadas en su área y que poseen éxito en un grado cuantificable. “Referentes” sería un poco más preciso.  Siempre hay un medidor garantizado de ese éxito: los premios que ganó, las lucas que ingresan a su cuenta bancaria, la cantidad de personas beneficiadas. Son hechos que invariablemente exhiben ser un ganador. Por otro, las contribuciones no suelen ser del tipo que modifican las condiciones existentes, lo que contradice por completo la idea de líder: no se cambian percepciones del mundo sino que triunfan en áreas ya reconocidas. Puro status quo. En algunos casos hay áreas nuevas y poco reconocidas, pero el éxito se mide por encontrar formas reconocidas de reconocimiento. Por ejemplo, el graffitero Bazco Vasko es digno de mención porque estuvo en una feria internacional y hace poleras.

Todo esto me lleva a la conclusión de que, si no son jóvenes ni líderes, mucho menos son líderes para jóvenes. El artículo no tiene la idea de inspirar a jóvenes con talentos para seguir los pasos de estos referentes; más bien, la idea es mostrar al mundo adulto/viejo que “estos pendejos igual sirven para algo”. Debería haber sido obvio pensando en el público objetivo del Mercurio, pero viéndolo así es más potente. Y claro está, mostrar que un líder siempre existe dentro de los ámbitos que por sociedad se reconocen como importantes; el problema que todo deportista que no hace futbol ni tenis conoce bien. La juventud sólo es aplaudida cuando hacen lo que los papás y mamás consideran como adecuado. El tema de la juventud entonces se hace político, quizás no como movimiento organizado pero si como visión disidente.

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Eres un niño. Quinto, sexto básico… no, mejor empezando la media, porque allí es cuando empiezan a notarse las diferencias que impone la sociedad sobre uno y otro, y empiezas a darte cuenta de que tus compañeritos de curso no necesariamente van a terminar haciendo lo mismo que tú, y algunos están destinados para la grandeza mientras que el resto aprende a patear sus primeras piedras.  Estás en un periodo único, donde vas a experimentar los primeros pasos de cosas que vas a hacer por el resto de tu vida, más algunos otros que nunca más tendrás la oportunidad de vivenciar. La juventud no se acabará nunca, el rock and roll suena fuerte en la radio, tienes la semana por delante… excepto esa prueba culiá de la vieja que te tiene mala.

¿Qué no hay por odiar de un examen final? En el colegio –y la universidad para unos cuantos –es la fuente número uno de uñas mordidas y frenesís de chocolate. Pueden abordarse desde varias posiciones: aprenderse hasta los pies de notar, repasar en la última hora, parasitar de los más mateos o no darle importancia y dejar que el promedio final lo arregle todo. Pero el resultado es el mismo: una sensación de alivio por un par de días, seguido por la angustia del tiempo perdido y la conciencia de que se viene otro más en unos días.

Desde que tengo memoria que odio todo tipo de prueba por ser una medida estandarizada e incorrecta para demostrar la inteligencia. Pero más que nada los odio porque son inútiles y no dejan ninguna lección importante[1]: el conocimiento supuestamente ganado queda enterrado en el subconsciente más íntimo e inaccesible; no queda un rastro tangible desde donde se pueda desarrollar y evolucionar las habilidades personales; ¡Ni siquiera son económicamente viables, por Dios Santo! Y todos sabemos muuuuuy bien que si algo no genera platita, entonces no vale la pena. Un examen es cómo pagar cuotas a crédito: no lo haces para construir un futuro a largo plazo. Lo haces para que no te metan en Dicom y te caguen. Es supervivencia cortoplacista pura, un estado del ahora constante que dura década y media. Y después se quejan de la fluidez moderna…

Quizás el mayor demarcador que pueda existir para asegurarse la vida adulta es que ya no hay obstáculos objetivos para comprobar los conocimientos y habilidades poseídas,  y se llega a un punto en la existencia personal en que cualquier problema que surja es pasable con una buena engrupida. La clave para ser un adulto efectivo es fingir el conocimiento por encima de, ehhh… conocerlo; y de eso tenemos montones de historias inspiradoras por parte de gente que fue mediocre en la escuela.

He tratado cantidad de molestias chicas, grandes, feas y tontas en este blog. Los exámenes cabe dentro de una categoría particular: las molestias naturales. Cuestiones como los exámenes son una molestia que se camuflajea en el paisaje natural porque son parte de la vida, como la sensibilización del colon. Un fenómeno tan asquerosamente normal dentro de las experiencias de cada uno que hacerse la pregunta resulta redundante y estúpido y tus amigos no quieren hablarte más. Total ya di el examen y hay que celebrarlo.

Para eso estoy yo. El estúpido que insiste en hacer las preguntas.

(Y aquí van mis condolencias hacia los estudiantes de derecho y la violación anal que tienen por examen de grado).


[1] Bueeeeeeno, comprometiendo… tal vez disciplina y esas mierdas.

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