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(Sí, es navidad. Pero siempre la quise poner y creo que todos deberían oírla y conocer de paso a los Pogues, que además calzarían por ser los reyes de las canciones para curaditos. Y sí, el tema ya está pasadito, pero me daba vueltas hace días y buscaba la mejor forma de abordarlo)

Nunca me han molestado las festividades. No, no soy de los que saltan en una pata, pendiente del último detalle y contando con los dedos cuanto falta para que llegue la hora deseada, pero tampoco soy un Ebenezer Scrooge. Al final son un trámite más que debo sortear.

Navidad y año nuevo siempre me toman por sorpresa, no importa lo ridículo que suene esto. Siempre vengo saliendo de algo, terminando algo, en la etapa crucial de algo. El ánimo para festejar se me pasa por encima. Navidad es ocasión para comprar regalos que serán olvidados al mes y comerme un pavo entero. Año nuevo, por otro lado, es un número más en mi agenda de pendientes.

Nunc se muy bien lo que quiero hacer para año nuevo. Para ser un momento del año que se promociona precisamente por la infinidad de ofertas para salir, recapitular y ponerse como tonto con el trago, yo colapso con tanto elección a mano. La razón es en parte porque no me gusta esa sensación de que estoy forzado a celebrar, que hay que celebrar sí o sí. A mi caso no ayudan los gastos masivos en los que hay que lanzarse para pagar tributo a los sucesos del año; para que todo es demasiado caro, demasiado tramitado. Las calles están bloqueadas, los borrachos andan locos, y la gente se comporta como si fuera el fin del mundo para volver a sus rutinas aburridas partiendo del 2 de enero.

Nunca he sido creyente de la idea que más es mejor. No veo por qué me lo iría a pasar mejor porque hay chorromil fulanos a mi lado. No es el desprecio a lo masivo por sentirme un copito de nieve único e irremplazable; simplemente, no le encuentro la gracia. Llámenme apagado, rancio o lo que sea. Así veo las cosas. Lo que siento en año nuevo es esa desagradable tensión de que debería estar haciendo algo, cualquier cosa, porque es año nuevo. Y no importa lo que haga, siempre habrá algo mejor esperándome a la vuelta de la esquina, una oportunidad que me perdí. Es una sensación neurótica y estresante, pero es MI sensación neurótica y estresante.

Lo más curioso es que, por este año, sentí que no era el único. Quizás no estamos poniendo viejos. Quizás el advenimiento del Tatán nos tiene desvelados. Las ofertas eran pocas, me encontré con más personas en mi misma posición, incluso las calles estaban bastante más silenciosas que de corriente. Sea lo que sea, para parafrasear a un amigo: “Hay 364 días para carretear”.

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Una sociedad postindustrial, basada en la compra e intercambio de bienes y mercancías, tiene que ser por necesidad criticada por un sector o individuos inconformes con la situación. Desafortunadamente, la calidad, ingenio o insidia con que compongan estas críticas parece no ser requisito en un contexto al menos del tipo masivo.

Lo que es una forma elegante de decir que la gente que quiere hacerte sentir mal por las cosas que compras hablan puras hueás. Ya conocen la rutina: artista o personaje recurrente, experimentado en las tablas o en las cámaras o en el catre o en lo que sea comienza su diatriba de cómo la gente se fija en el puro MP3, MP4 o MP5 (nombrar el modelo de un futuro incierto nunca falla) y recomendarles que se vayan al campo a cosechar tomatitos (o cannabis entre los más osados). Un mensaje completamente reciclado, que no hace intento alguno por adentrarse en las dificultades actuales o promover otros puntos de vista. Pero cuidadito, porque la rutina no es sólo para viejos chochos: adultos, jóvenes, niños, mujeres… todos pueden decirte lo que tienes que hacer sin haber preguntado. Desde el discurso del tipo pidiendo plata en la micro hasta la nueva SÚPERproducción chilewoodense.

Era lindo cuando la gente salía de dictadura. Era un mundo nuevo y desconocido, había una ilusión de tener plata, de ser parte de un mundo globalizado, y empiezan a aparecer el crédito. Ahí te compro la necesidad de retomar el discurso. Excepto que han pasado treinta años y no avanza para ningún lado.

Diré  esto rápido para minimizar el dolor, como un parche curita: quienes suelen decir eso son justo quienes menos tienen que preocuparse de lo material. Lo que en realidad es bastante lógico si se piensa bien.  ¿Quién está en mejor posición para dar estos consejos, que alguien que no tiene que urgirse cuando no hay plata –porque siempre tiene plata -? Allá los actores, cineastas y literatos pueden discursar desde el Olimpo sobre lo bonito que es oler las rosas. Hacen sus obritas y peliculitas y exposiciones para que el público las vea (por un precio, obviamente) y después para la casa. Eso está mal en montones de niveles que me tomaría largo en describir.

Este tiene un lugar especial entre mis molestias por ser el rey de los lugares comunes. Así que a las viejas o viejos que siguen hinchando, vayan a morder una tula. Adoro mi MP3 y mi pantalla plasma; no ando amargado por la vida por las cuotas ni dejo de pasear con mis amigos y buscar el amor. Y hay formas de luchar contra el consumismo extremo, pero las hay mejores que un chiste repetido con olor a huevo podrido.

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[1]

¿Qué es definible como popular? ¿Son aquellos fragmentos de la cultura que permanecen perennes al cambio generacional, retazos intocables de los que somos en esencia? Ni cagando: lo popular suelen ser lugares, objetos o personas que fueron adoptados por un segmento nicho, y que por imitación son apreciados por una masa culturalmente instruida. Lo popular, a menudo, es un ejercicio de marketing iniciado por un grupo nicho y expandido hacia sus seguidores, un grupo target especializado. Y que mejor ejemplo que el de la Piojera.

Entre las millones de aplicaciones de Facebook, una que me llamó la atención es la “Experiencia del Maxo Shileno”. Cito:

“Es de maricón que hace gárgaras con semen salir con amigos a comer sushi!! El verdadero macho chileno rompe hímenes se va a La Piojera y se come un Costillar con puré picante acompañado de sopaipillas con pebre cuchareado”.

¿Y quien dice esto? ¿Quién fue el Macho Chileno… perdón, Maxo Shileno que bajó de los cielos y designó esta tierra prometida donde los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los niños son niños[2]? Anda a cagar: hace 20 años nadie metía un pie ahí, hasta que llegaron los del Red Set (Álvaro Henriquez es mi principal sospechoso) y le otorgaron la calidad de popular. Desde entonces, el publico mayoritario son universitarios my alejados de lo que nos imaginamos por gentes del sector popular.

He aquí una realidad hermosa y desconocida: la Piojera es una hueá entera cara. El shop, la última vez que vi, salía $1.600. La comida pasa piola, pero nadie va para eso. Argumentarán algunos que la gracia de la Piojera es convivir con la fauna etílica, baluartes de este monumento. Lo cual es una cerda mentira. Salvo los más valientes o los más ebrios (categorías que no son mutuamente exclusivas), el asistente va a interactuar con otros de su mismo tipo: más universitarios y adultos jóvenes engrupidos con la idea de que están absorbiendo memoria histórica; ese concepto tan mercadotécnico como lo es el ambiente.

¿Y saben cual es la mejor parte? Al consumir un pedazo de cultura shilena, le estás robando su espacio a la gente que siempre estuvo allí. Entre más aumenta el segmento universitario, mayor nivel socioeconómico entra en juego; y entocnes por qué no subir los precios a estos pendejos que hacen como que son pobres pero en realidad no les falta. Así, los viejos chichas originarios ya no pueden permitirse el beber allí, porque todo está más caro.

Hagan un favor a su vecino y no hinchen las pelotas con la Piojera. Ir no te hace más chileno ni más macho. Lo único que se gana es entrar a ser parte de un sector de mercado especializado, listo para que le vendan cualquier atracción nueva a la que le encuentren memoria de país.


[1] O sea… ¿Qué clase de picada tiene su propia página web? Aprovecho también para aclarar que la foto la encontré en el Flickr de alguien que no me acuerdo y la encontré muy buena, y si se aparece a tomar el crédito me parece muy bien.

[2] A diferencia de Internet, donde los hombres son hombres, las mujeres son hombres y los niños son tiras de la Brisexme.

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