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anteaterbaby

(Revisión de algo que escribí hace un año. Perdonen si falta coherencia de estilos entre párrafos y si la prosa es más púrpura que de costumbre)

La pornografía se ha convertido en un bastión más de la máquina posmoderna, desde donde se escribe con el distanciamiento que producen el cinismo y la ironía. Desde el pelado hueco que ya saben quien es y resulta del gusto de todos para citar y celebrar, hasta la última encarnación del feminismo –que debe tener un nombre tan cuático que ni me atrevo a hipotetizar -. A los vivos y a los fantasmas, a todos les gusta hablar del porno: de cómo es un vehículo más de los aparatos de la falocracia, de cómo es una expresión inconsciente y saludable de nuestra sombra jungiana, de cómo el sujeto es objetivizado para negarle un Ego apropiado, y de blablablines similares.

De la nada, la pornografía se convierte en reveladora de realidad y condiciones en la vida postmoderna. Y eso me molesta porque detrás de la liberación de las costumbres y el asesinato a la moral que promueven, se esconde una pacatería hacia el propio cuerpo: quien estudia y comenta y deconstruye la pornografía, evade el fin por el que las industrias entregaron por primera vez este bien tan preciado: para correrse una pajilla cuando no hay carne disponible. Cuando los estudiosos del porno revelan su conocimiento, lo hacen detrás de un velo analítico, justificando los saberes adquiridos como revisión a la condición humana o lo que sea. Así se evita el verdadero tabú, la correlación porno=paja. Por supuesto que choca con la imagen colectiva que se mantiene del académico: empotrado en una butaca de su mansión bañada en platino, una perrita abrazada a cada pierna, acariciando sus blings con una mano y sosteniendo un Cohiba con la otra; y tatuajes de “POSMO” en los nudillos. Empero, los académicos no tienen que siempre mostrarse como los semidioses dionisiacos que la gente espera que sean.

Esto, por otro lado, lo entiendo como consecuencia del estudio profesionalizado. Así como dudo que un ejecutivo de televisión llegue a su casa a prender el aparato y ver lo primero que encuentre, el estudio de pornografía también debe ser un oficio arduo y desensitivizador. Es más, me trae recuerdos de un excelente blog[1] donde los trabajadores –hombres, jóvenes y heterosexuales –de una tienda de videos pornográficos comprobaban con horror que, después de turnos de 10 horas viendo carátulas obscenas, la cosa ya no les atraía tanto. Pero eso no quita que haya una falta de honestidad, un encubrimiento intelectualoide, cuando leo sobre estudios pornográficos.

Por último, pensaba también ironizar con la tendencia, exclamando que pronto tendríamos expositores de las relaciones menos pensadas, como arquitectura y pornografía; lamentablemente, Google vuelve a superar a la ficción, y después de una búsqueda de 10 segundos me entero de la obra de Beatriz Preciado (busquen también, Google no muerde).


[1] Al parecer se privatizó la tontera. Lástima, era una lectura muy recomendada.

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