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Posts Tagged ‘Terremoto’

Que habríamos hecho sin las radios. Nuestros baluartes de modernidad chilensis (televisión, telefonía inalámbrica, internet) se cayeron de poto. Cuando Chile entero era tragado por un callback a la Edad Oscura, y al menos un cuarto de Chile decidió que ya no había Leviatán al que hacerle caso y los hombres y mujeres se hacían lobos para otros hombres y mujeres, las radios seguían allí, inmovibles. En el viaje a casa, sabíamos a todo momento el conteo actual de muertos, sabíamos de los rumores y verdades sobre maremotos, sabíamos quien andaba perdido y quien no. Y cuando ya estaba de vuelta, seguía siendo la fuente de contacto primario con el exterior. No era infalible (y aquí le deseo muerte dolorosa al concejal de Parral), pero estaba allí. Harto más de lo que otros podrían contar.

Pero cuando llegó la luz a casita, fue súper loco contrastar con cómo lo presentan en la tele: viejas llorando, ruinas en el piso, todo listo para tocar las emociones del público. La radio, por otro lado, cumplía con el raro deber de informar. En la tele solo tengo un montón de imágenes desencajadas y periodistas hablando. Si pongo MUTE, bien podría tratarse de un incidente en Bolivia o Surinam. Al final todo se siente asquerosamente lejano. Una tragedia más en un lugar sumamente interesante donde nunca pondría un pie. Así debimos ver nosotros a los indonesios y a los haitianos.

Hasta entonces pasaba una hora o dos con los canales de noticias. Ahora me di cuenta de lo malos que son. Escenas de desastre con un audio incongruente de fondo, demasiado vago como para sacar algo de ello. No se como será para el resto, pero a mí solo me desensitiviza, me olvido que eso es real. Y para peor, son las mismas repetidas, cada hora y media (¿o será media hora?). Ahora estamos bien, hay luz y estoy conectado al mundo. Pero a la vez, ese mundo de casas caídas y gente sufriendo dejó de ser parte de mi mundo. Es una cosa rara que le pasó a otros, y no es mi asunto. Que mala es la tele.

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Después de un mes de vacaciones autoimpuestas (que quizás debí avisar) y de la catástrofe que Chile vivió en la madrugada de este sábado, descubrí que tenía un par de cosas por decir. Acompáñenme en un episodio muy especial de “Cosas que me molestan”.

Tuve la ¿suerte? de estar fuera de Santiago cuando la tierra tembló. Mala suerte por tener que sufrir los problemas extra de quienes vacacionaban fuera de su hogar: no saber que pasa con los seres queridos que uno dejó atrás, sentirse exiliado por las fuerzas de la naturaleza misma – más fuertes que cualquier gobierno -, y el general temor a lo que uno puede encontrarse en el camino de vuelta. Bien penca en realidad, pero nada que no se pueda sobrellevar, encima si comparo con los cientos que ahora mismo sufren tragedias de verdad. Sin embargo, puedo decir que algo de suerte tuve, porque me dio la oportunidad de ver el estado de las cosas en persona, como experiencia directa, y sin los filtros que a los medios les gusta tanto ajustar.

Esta molestia muy especial se basa en mi creencia de que las personas allá afuera, sean los que manejan las alzas y bajas de mi cuenta bancaria o los que se llevan mi basura, son medianamente conscientes de que viven en una sociedad, y por tanto tienen que lidiar con otros. Por tanto, lo que escribo no trata sobre los que hayan perdido todo o estuvieron cerca de estarlo, gentes ignoradas por mucho tiempo y que hoy tendrán una oportunidad única de ser de importancia para la nación. Sobre ellos mucha gente talentosa puede escribir mucho mejor que yo. En vez de eso, escribo sobre los apenas sufrieron molestias (noto la ironía) pero que eligieron volverse un poco locos.

Suena poco importante, como lo que suelo escribir, pero en verdad importa demasiado. Al final, son los que se dejan llevar por el pánico los que salen del supermercado con tres carritos llenos de provisiones como para un mes de supervivencia; son ellos los que intentan colarse en las colas y que amenazan con destruir la frágil harmonía humana que se genera en estos espacios; son los que te echan a patadas de su propiedad cuando les pides prestada la manguera para poder lavar a tus hijos, porque en mi casa no ha llegado el agua. Cuando hay crisis de este tipo, abandonar la premisa de sociedad y que sea cada uno por su lado puede resultar fatal para el resto. Hay que darle prioridad al mantener la calma, y a no cultivar la histeria masiva.

Haré una excepción a las reglas ocultas de este blog para poner algo de experiencia personal: ¿esas colas satánicas por la bencina, donde estaban que sacaban los cuchillos pa’ matarse a plena luz del día? Yo estuve en una. Y ni cagando fue para tanto, como me protieron los informativos. Obviamente la gente estaba tensa, y la cola fue para rato (a mi me salió 2 horas y media, tal vez 3). Pero la bencina no se iba a acabar, y por unas horas de cola nadie se muere. Ahora, es muy probable que la cola fuera una hora más corta si no hubiera sido por los que, como imaginarán, se volvieron un poco locos. Revoloteando como jotes estaban los aspirantes a colarse en el borde de la cola. Había de todo: los que trataban de hacerla piola, los que encontraban fuerzas y desvergüenza en su flaite interior, los que contaban historias trágicas y el infalible método de la guagua en brazos. No puedo hablar por todos, pero sospecho que eran más bien pocos los que sufrían una verdadera emergencia; no es estirar el chicle decir que la mayoría estaban en la mentalidad del “por si acaso”, y la expresaban mal. Nosotros igual estábamos a 15 km de quedarnos en pana, pero tomamos el camino largo, como todo el mundo.

Una cola, en sus mejores momentos, es prueba valiosa de la capacidad humana para organizarse: los que pasan la jornada se van con las manos llenas, los aprovechados son expedidos, están todos en situación de equidad y todo se resuelve sin violencia. Así que cuando algunos deciden que eso no basta y que entramos en la guerra del hombre por el hombre, me emputece. Un pequeño desajuste en la rutina le basta a algunos para darse permisos especiales.

Y me molesta más cuando hablamos de Chile, país donde uno vive con la sospecha de que la población media sería feliz si a cada individuo le asignaran un milico que te ordene cuando comer y donde cagar. Y con el terremoto, las sospechas se confirman un poco: de repente, en la radio y en la tele todos piden que venga el milico y, efectivamente, venga a imponer orden y decidir donde es el comedero y donde el cagadero. Hasta los que conocíamos como liberales de repente claman por el sitiado de Chile. El pánico les hace olvidar que Chile no es Llolleo ni Constitución y cualquier amenaza eriza los pelos de la nuca. Los medios mismos poco ayudan, asegurándonos que allá afuera es el Armaggedon y que lo mejor es encerrarse en casita y mirar feo al prójimo. Porque un terremoto es un tipo de desastre único, del que ninguna cantidad de plata puede protegerte (aunque los daños reales sean muy diferentes). La idea quebrantable de seguridad completa del mundo exterior y de ser intocable se resquebraja. Y de repente, ninguna medida parece suficiente para estar bien protegido. De repente, los saqueadores podrían estar a la vuelta de su casa.

Eso, más que molestarme, realmente me preocupa y asusta. Que las amenazas al bienestar personal superen cualquier dilema ético/moral es aterrador. Que, por miedo, de repente parezca aceptable ceder algunas libertades personales y darle más poder a los que ya tienen bastante poder encima, siempre que cumplan con la promesa de proteger y cobijar. Ahora Piñera va a tener todita la razón, resulta que la seguridad es EL tema, que se estaba dando todo demasiado por sentado, y por favor que toque de queda para Chile entero. Quizás me estoy adelantando en conclusiones y empiezo a bordear la paranoia; pero si miles de chilenos dijeron en sus momentos más negros “por si acaso”, entonces yo también puedo.

Y por supuesto, existen los que necesitan ayuda urgente. Donaciones, voluntario o lo que sea, por favor póngase con algo. Información y lugares para ello hay de más.

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¿Qué es definible como popular? ¿Son aquellos fragmentos de la cultura que permanecen perennes al cambio generacional, retazos intocables de los que somos en esencia? Ni cagando: lo popular suelen ser lugares, objetos o personas que fueron adoptados por un segmento nicho, y que por imitación son apreciados por una masa culturalmente instruida. Lo popular, a menudo, es un ejercicio de marketing iniciado por un grupo nicho y expandido hacia sus seguidores, un grupo target especializado. Y que mejor ejemplo que el de la Piojera.

Entre las millones de aplicaciones de Facebook, una que me llamó la atención es la “Experiencia del Maxo Shileno”. Cito:

“Es de maricón que hace gárgaras con semen salir con amigos a comer sushi!! El verdadero macho chileno rompe hímenes se va a La Piojera y se come un Costillar con puré picante acompañado de sopaipillas con pebre cuchareado”.

¿Y quien dice esto? ¿Quién fue el Macho Chileno… perdón, Maxo Shileno que bajó de los cielos y designó esta tierra prometida donde los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los niños son niños[2]? Anda a cagar: hace 20 años nadie metía un pie ahí, hasta que llegaron los del Red Set (Álvaro Henriquez es mi principal sospechoso) y le otorgaron la calidad de popular. Desde entonces, el publico mayoritario son universitarios my alejados de lo que nos imaginamos por gentes del sector popular.

He aquí una realidad hermosa y desconocida: la Piojera es una hueá entera cara. El shop, la última vez que vi, salía $1.600. La comida pasa piola, pero nadie va para eso. Argumentarán algunos que la gracia de la Piojera es convivir con la fauna etílica, baluartes de este monumento. Lo cual es una cerda mentira. Salvo los más valientes o los más ebrios (categorías que no son mutuamente exclusivas), el asistente va a interactuar con otros de su mismo tipo: más universitarios y adultos jóvenes engrupidos con la idea de que están absorbiendo memoria histórica; ese concepto tan mercadotécnico como lo es el ambiente.

¿Y saben cual es la mejor parte? Al consumir un pedazo de cultura shilena, le estás robando su espacio a la gente que siempre estuvo allí. Entre más aumenta el segmento universitario, mayor nivel socioeconómico entra en juego; y entocnes por qué no subir los precios a estos pendejos que hacen como que son pobres pero en realidad no les falta. Así, los viejos chichas originarios ya no pueden permitirse el beber allí, porque todo está más caro.

Hagan un favor a su vecino y no hinchen las pelotas con la Piojera. Ir no te hace más chileno ni más macho. Lo único que se gana es entrar a ser parte de un sector de mercado especializado, listo para que le vendan cualquier atracción nueva a la que le encuentren memoria de país.


[1] O sea… ¿Qué clase de picada tiene su propia página web? Aprovecho también para aclarar que la foto la encontré en el Flickr de alguien que no me acuerdo y la encontré muy buena, y si se aparece a tomar el crédito me parece muy bien.

[2] A diferencia de Internet, donde los hombres son hombres, las mujeres son hombres y los niños son tiras de la Brisexme.

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